6 oct 2010

Los jubilados


Estoy un poco confundido como decía aquel cubano que se paseaba por las teles recaudando un poco de viruta con tal de no pegar ni un palo al agua. Resulta que vengo de vacaciones hace unos días – merecidas eh, que a pesar de estar prejubilado me he currado un buen año – y me encuentro con unas cuantas situaciones y noticias que me dejan una sensación, como les diría yo, de cabreo intenso, de esos que a uno le entran hasta que un colega te cuenta algo que le pasa a él y tú piensas que lo tuyo no es tan malo. No sé, será que no acabo de cogerle el tono a la actualidad circundante. En las últimas semanas me he dedicado a descansar por la naturaleza, así que ya se pueden imaginar que el reencuentro con la civilización hace que esté más perdido que un esquimal en el Sahara.

De vuelta a casa esperaba la salida del AVE en la estación de ferrocarril de una ciudad costera. Aún faltaba media hora larga para la partida del tren, así que me senté tranquilamente en un banco a leer. En el banco de al lado acertaron a sentarse un par de jubilados, que luego supe iban de vuelta a su pueblo, a tan solo media hora de allí. La cuestión fue que mientras esperaban se contaban las últimas novedades, que si mi hijo tiene más cara que espalda, que si mi nieto, el cacho perro, a sus 17 años ha dejado el instituto, que si a mi nuera la acaban de despedir de la empresa. En cuanto escuché la retranca de los abuelillos cerré el libro y tendí la oreja, que para eso las tengo grandes. “Y no sabes la última, - añadió el que más hablaba– el otro día me llegó una factura de teléfono de 482 euros. Si, si 482”, repetía mientras golpeaba fuerte con la garrota en el suelo tres veces, una por cada número.

Según le siguió explicando, en la factura aparecía que había realizado más de cuarenta llamadas al mismo número, y a la misma hora desde su teléfono móvil. Esta situación es totalmente imposible, sin embargo los ordenadores de la empresa de telefonía se equivocaban a favor de la firma – ¡qué casualidad! – y ya se lo habían cargado a su factura. Astuto el jubilado, se fue al banco y les dijo que no le quitaran dinero alguno para pagar a los sinvergüenzas, pues un rato antes la empresa le dijo que primero abonara, que en cuanto solucionaran el problema le devolverían el dinero. Qué quieren que les diga, no es la primera vez que oigo este tipo de hechos, pero todavía estoy por ver que algún día se equivoquen y cobren de menos a alguien. ¡Pero qué espabilaos!

“Pues ya nos podemos atar bien los machos – continuaba el otro – porque ya ves que octubre viene suave, subida de la luz, del butano y de lo que te rondaré morena”. Con cara de rabia contenida y mirando sin ver, el de los 482 euros seguía contándole a su amigo que les iba a ser imposible a él y a su mujer tirar para adelante teniendo que mantener a su hijo, a su nuera y al perro del nieto con una pensión de 690 euros. “En una de estas me tendré que presentar en el banco a punta de garrota y pegar un atraco”, comentaba en tono tremendamente amargo y sarcástico, cogiendo el bastón como si fuera una escopeta. Se abrieron las puertas del tren, nos levantamos de los bancos y cuando nos disponíamos a subir todavía escuché como su amigo le contestaba algo así como que no estaría mal pasarse, garrota en mano, por el Palacio de la Moncloa y por más de una sede de los partidos políticos.

Horas después, nada más llegar a mi prado abro el buzón de cartas y me encuentro publicidad, facturas, más publicidad y una postal de mi colega el burro Bruno de su viaje por la Francia de Napoleón, digo de Nicolás Sarkozy. Entre las facturas hay una de electricidad en la que la correspondiente hidroeléctrica me cobra más pasta que el mes anterior. De inmediato me pregunto cómo puede ser posible si he estado todo el mes de septiembre fuera de casa. Rápidamente, claro está, me acuerdo de los jubilados y tras una breve reflexión caigo en la cuenta de que ahora las empresas cobran la luz por estimación, sin que un trabajador se pase a ver el contador. Pero vamos a ver, ¡en qué cabeza cabe que te cobren algo que no gastas y encima por una ley salida del congreso de los diputados!

Ya resignado ante todo lo que nos quieran hacer empresarios sinvergüenzas y políticos sin escrúpulos, dejo mi maleta y me siento en el sofá a ver que dicen las noticias. En ese momento están informando de la jornada futbolera y, de repente, cortan la emisión para dar en directo una noticia de alcance nacional, importantísima. Intrigado ante tanta expectación por parte de los periodistas descubro, ¡oh gran exclusiva mundial!, que Tomás Gómez ha ganado las primarias por Madrid para las próximas elecciones autonómicas. Créanme, la rueda de prensa, todos los que salían allí y los periodistas del asunto trataban todo como si saliera elegido el presidente de la nación. Así que no les quiero ni contar la que nos espera con la precampaña, la campaña, las elecciones, los tú más y la culpa de la crisis es tuya. ¡Ya verán qué espectáculo!

Para rematar la faena me entero minutos después de que hay un hongo que ataca a las encinas, cosa muy chunga de verdad no sólo por el desastre ambiental, sino también porque sin bellotas los cerdos no se pueden alimentar y por consiguiente, hay riesgo real de quedarnos sin jamón de pata negra. ¡No hombre, no!, ¡esta vida sin jamón no hay humano ni equino que la resista!

En fin, me voy a dormir, que ya es hora y no es plan de calentarse la cabeza con estas situaciones. Lo malo es que o mucho me equivoco o de aquí en adelante vamos a vivir historias que no son de risa precisamente. A ver si mañana le pego un toque a Bruno y me cuenta algo más alegre de su viaje por la Francia de Sarkozy y Carla.

Rucio