Esto no puede ser, no acierto nunca. Creo que he elegido mal el momento para volver del autoexilio que me impuse. Si amigos, hace un mes que decidí desaparecer, más que nada para cuidar un poco mi maltrecho corazón. Tenía taquicardias, me sudaban las pezuñas, las orejas me daban vueltas cual molino de viento y las noches me las pasaba de claro en claro como Alonso Quijano. Ya no resistía más tanto tonto que nos rodea cada día en este país. Total, me fui al médico de cabecera y en cuanto me vio el careto mustio que llevaba no lo dudó ni un momento: “Rucio: tienes una ansiedad de caballo”. Yo pensé que más bien sería de burro dada mi condición, pero el médico, que encima es argentino, me hizo un psicoanálisis rápido, me recetó unas pastillas para dormir a un regimiento y sosiego para aburrir a un rebaño de ovejas. Así pues, me retiré a pastos más tranquilos y me pegué hasta un viaje por el extranjero para olvidarme de tanta tontería que ya se me iba amontonando.
Pero, hete aquí que vuelvo a la civilización esta extraña que nos hemos montado pletórico, lleno de vitalidad, reconciliado con la vida y repartiendo besos y me encuentro un panorama guapo. Resulta que Bin Laden ha sido cazado cual conejo en madriguera, que empieza la campaña electoral, que la cola del paro llega a Cancún y que hasta el Barça y el Madrid se han calentado las orejas. Esto por citar solo unas cuantas cosas. Claro, me he venido abajo otra vez en cuestión de horas. Ya no soy nadie. Mi carácter se lo llevó una hormiga que pasaba a mi vera.
Vamos a ver si soy capaz de enterarme de algo. Bin Laden está, supongo, sufriendo o purgando sus pecados en el infierno que tengan allá los musulmanes. De eso creo que no hay duda. Pero no hago más que escuchar noticias en las que unas veces se dice una cosa y al rato siguiente otra. En esto los americanos de América del Norte, más conocidos como estadounidenses, son unos maestros. Manejan la información a su modo y manera y al final solo te enteras de lo que ellos quieren. Ni más ni menos. Eso sí, les aseguro que este tema va a tener más misterio que el asesinato de Kennedy. A lo mejor dentro de 30 años sabemos algo más. Siempre habrá un wikileaks. Aunque sería bueno que esos cables contaran algo que no sepamos ya.
El otro asunto que casi seguro me llevará de nuevo a visitar mi psicólogo argentino es la campaña electoral. Tomando una caña, mi colega el burro Bruno me fue contando los pormenores. Que si Sortu por aquí, que si Bildu por allá, que si se presentan más de cien candidatos relacionados con casos claros de corrupción y lo que te rondaré morena. Íbamos por la sexta cerveza y Bruno seguía contándome más escándalos políticos y más declaraciones bochornosas.
Como siempre digo, hay políticos dignos de admirar, pero poco a poco se va incrementando la cantidad de golfos apandadores que moran por este país cada día más adormecido y consentidor de tantas barbaridades. No sé si será el pesimismo crónico, la falta de ganas, el conformismo atroz o el creer o dejar creer que los gobernantes pueden hacer lo que quieran con total impunidad. No lo sé.
Lo que sí sé es que en las próximas elecciones más de un político, que debería estar muy lejos de un cargo público, se verá respaldado por tal cantidad de votos que le hará sentirse, seguro, con más poder que cualquier emperador romano o que hasta el mismo Felipe II.
Sigo pensando que es intolerable lo que leemos y escuchamos todos los días en la prensa. Derechas, centros e izquierdas no saben de dónde vienen, y lo que es peor, no tienen ni idea de adonde van. Eso sí, la razón y la verdad sale de su boca con tal aplomo que hasta ellos mismos se lo creen. Échenle un vistazo a cualquier periódico y comprobarán cómo todos tienen la receta para salir de esta crisis. Pero lo que no cuentan es que para salir de esto se necesita un profundo cambio mental que empieza por una educación seria y de verdad que arrastre al resto de sectores. Ese cambio llevará muchos años y empezará en el momento en el que todos estemos dispuestos a ello, con nuestro voto, nuestro trabajo y nuestras ganas de hacer de la sociedad algo realmente bueno.
Rucio
