
Hace unos días estaba como tantas otras tardes en el bar de César, tomando una cerveza con mi colega el burro Bruno, cuando entró un chico y se sentó en el taburete más cercano a nosotros. Me quedé mirándole un momento, pues traía un aire cansado, fatigado, y su cara reflejaba una profunda decepción acompañada de abundantes ojeras que parecía había acumulado durante varias noches de mucho velar y poco dormir. Contrastaba con ocasiones anteriores en las que entraba lleno de energía, se tomaba el café en un par de minutos y salía dispuesto a seguir con el trabajo de la tarde hasta acabar su jornada. Nunca habíamos cruzado ninguna palabra, pero nos conocíamos de vista, aunque solo fuera por coincidir en el bar.
Bruno se fue más pronto de lo habitual, pues había quedado con el fontanero para que le arreglara un grifo de su casa, así que allí me quedé apurando mi cerveza y pensando en qué podría rondarle en la cabeza al chico que acababa de coger una caña con una mano mientras con la otra no paraba de frotar su frente, despacio, en un claro intento de quitarse los pensamientos que fustigaban su ánimo sobremanera.
Eché mano al periódico que tenía delante, en la barra, y busque alguna noticia que no me hiciera saltar del taburete y maldecir en arameo. Fue justo en ese momento cuando el chico dijo sus primeras palabras: “Nos están arruinando la vida estos sinvergüenzas”. Levanté de nuevo la vista y vi que estaba mirando fijamente la televisión que teníamos casi enfrente hacia la izquierda. Parecía que sus ojos traspasaban la pantalla, intentando descifrar el titular que se leía en un canal de noticias y que ponía algo así como que “el gobierno abre la puerta a retrasar la edad de jubilación más allá de los 67 años”.
El chico cogió su cerveza y su expresión delató que estaba bebiendo uno de los tragos más amargos de su vida. “¡Esto es el mundo al revés! ¡Cómo pueden estar pensando en retrasar la jubilación cuando el gran problema lo tenemos la gente de 30 años!”, dijo en tono resabiado, dirigiéndose a mí.
A partir de ahí, Raúl, que es como se llama este joven, me contó su peripecia. Acabó sus estudios de grado superior de carpintería y al poco tiempo le cogieron en una de las grandes superficies, a media hora de su casa, que habían abierto en aquella época. Poco a poco se fue haciendo un hueco en la empresa y después de cinco años le ascendieron a encargado, pues era de los veteranos. Ahora y tras casi nueve, le acababan de despedir. Amparándose en la crisis y en una de esas misteriosas reestructuraciones empresariales, más de cien personas se habían ido a la calle, entre ellas bastantes encargados. Y es que ya se sabe que hay empresarios capaces de sacar adelante el mismo trabajo con la mitad de la plantilla.
Desde que le despidieron, llevaba más de una semana sin salir de casa, hasta que su mujer fue capaz de convencerlo para que se levantara del sofá, se diera una ducha y cruzara la calle para entrar en el bar. Serio, eficiente y profesional, lo sabía todo sobre maderas, molduras, marcos, barnices. Nada relacionado con la noble madera se le resistía, e incluso varios arquitectos reconocidos de la zona le pedían más de un consejo. Nada de eso ya valía. El dinero está por encima de la capacidad de las personas.
“No te preocupes, al menos tendrás dos años de paro y esto algún día cambiará”, -le dijo el burro más pesimista, al tío más derrotado en kilómetros a la redonda, en un intento de animarle-. “Te equivocas”, -me contestó-. “Es imposible que esto cambie viendo que no hay nada que se haga para bien, ni en España, ni en Europa, ni en ningún sitio. Por mínima que sea, ni una sola medida se hace de maneja lógica para los que somos mortales. La vida es un cuento narrado por un idiota, -continuaba, citando a Shakespeare- mientras miraba al suelo. Va a ser totalmente imposible. El egoísmo del ser humano no tiene límites. Y su estupidez tampoco”.
Le pedí otro par de cervezas a César, mientras Raúl me seguía hablando se su situación personal. Que alguien te escuche suele ser el mejor consuelo, y yo en escuchar soy un experto, aunque solo sea por el tamaño de mis orejas. Además, sus palabras y su manera de hablar indicaban una lucidez poco usual.
Justo antes de que la crisis saltará a los medios y desvalijara los bolsillos, él y su, por entonces, novia habían comprado un piso. Sabían que la zona donde ambos habían crecido era de las más caras, y no les quedaba más remedio que pagar un alquiler desmesurado o hacerse con una hipoteca desorbitada. “Es cierto que a nadie nos obligan a comprar un piso, -me decía apretando el vaso-, pero bien es cierto que es casi imposible vivir si no te unes a la corriente mayoritaria, y esa si te viene impuesta por el político, el empresario y el sinvergüenza de turno empeñado en diseñar este corral a su modo y manera para tener al ganado bien controlado y su bolsillo y posición bien asegurada”.
“Mi mujer es maestra interina y tras años de trabajo ahora solo de dan para sustituciones. Así que si no trabajamos seremos pasto de desahucio. Y ya se sabe que hoy, el paro es ese fantasma negro que recorre las calles de este país como lo hacía la peste en la Edad Media”, -se lamentaba mientras apretaba los labios y respiraba hondo-.
“¡Qué ironía!, ayer decía un imbécil contertulio de la radio que el que tiene trabajo es un privilegiado. ¡Qué palabras tan bien barnizadas de engaño permanente! ¿Desde cuándo trabajar es un privilegio? Que yo sepa un trabajo bien regulado es un derecho. ¡Cómo puede hablar alguien de privilegio sabiendo que hay gente trabajando 10 o 12 horas por un salario mínimo! ¡De qué estamos hablando!”, -decía mientras abría las manos esperando mi aceptación a la que yo correspondía con un movimiento afirmativo de mi cabeza-.
Raúl pidió otras dos cañas mientras acercaba el taburete a la barra, señal que me hizo entender que se encontraba más a gusto al soltar la rabia que llevaba dentro. Continuó hablando a la vez que se tocaba las pulseras de cuero que tenía en su muñeca derecha. “Ese futuro que tan bien pintan y que decían que era nuestro hace diez años ha caído al más oscuro de los abismos, y la poca esperanza que nos queda se ha borrado de un plumazo por tanto egoísmo, corrupción y falta de honestidad. Lo poco que teníamos la mayoría, que era la esperanza en un futuro mejor, se esfumó en forma de especulación mercantil, y esta gente nos está quitando lo que nunca le puede faltar al ser humano: la ilusión”.
Tras otro rato de charla, miró su reloj mecánicamente sin darse cuenta de la hora que ponía, se puso en pie y metió la mano en el bolsillo para pagar. “No, -le dije- hoy la cuenta va a cargo de este burro prejubilado que tiene el privilegio de no tener que trabajar más por dinero y de escuchar a un buen tipo que tiene toda la razón”.
Se dio la vuelta despacio en dirección a la puerta, pero antes de echar a andar me dijo una cosa que jamás olvidaré: “nunca acepté la frase de que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero estoy empezando a dudar. Creo que el futuro dejó de existir hace muchos años”. “No te preocupes, -le contesté-, cualquier tiempo pasado fue anterior, y el secreto consiste en seguir adelante. Sea como sea”.
Me dio una palmada con la que me expresaba su gratitud por escucharle y salió del bar apretando los dientes y con el paso un poco más decidido.
Rucio
