8 mar 2012

Sara











“Rucio, estoy agotada”, -me contestó ella-.


Ayer por la noche estaba en casa con una sensación de intranquilidad. “Será por las buenas noticias que nos lanzan cada día los medios”, -pensé en un intento de buscar alguna respuesta-. Así que como no hallaba ningún remedio para evitar esa sensación un tanto extraña me lancé a la calle a dar un paseo, aunque ya era tarde. “Un poco de aire en las orejas no me vendrá mal”.


Sara se despertó esa mañana bastante antes de que sonara el despertador. Estaba nerviosa porque su hija pequeña no paraba de toser. Ya se le estaba pasando el fuerte resfriado que había tenido los días anteriores. Parecía que la fiebre había desaparecido, pero la tos apenas la dejaba dormir. Abrió la puerta de la habitación de sus hijas y comprobó que ambas seguían dormidas. “Buena señal, -se dijo a sí misma-, a ver si hoy puede ir al colegio”, y tras ponerse una chaqueta encima del pijama se dispuso a preparar el desayuno, así como los pequeños bocadillos junto al zumo para el recreo de las chicas.


Acto seguido y con el mismo mecanismo tantas veces empleado cada mañana, limpió la cocina, ordenó el salón y dejó listo el baño para cuando despertara a las niñas. Como las chicas se habían bañado la tarde anterior, tras vestirlas y pasar por el correspondiente aseo y peinado, sólo quedaba desayunar, recoger las mochilas, que ya tenían preparadas, y subir al coche para ir al cole. Ella siempre aprovechaba unos minutos antes que las niñas se despertaran para ducharse y maquillarse. Y cuando apenas faltaban cinco minutos para salir de casa les decía que se fueran preparando, mientras acababa de ponerse los zapatos y recogía su bolso y el material para el trabajo. Sonia, la mayor ya era muy responsable y siempre estaba pendiente de su hermana.


De camino al colegio comprobó que Laura ya casi no tosía, y deseaba con todas sus fuerzas que no pasara una mala mañana. Los días anteriores su abuela había venido a casa para cuidarla mientras ella estaba en el trabajo. Y es que su suegra es un sol y le ayuda a Sara y a las niñas todo lo que puede y más.


No te preocupes -le dijo la maestra-, estaré pendiente, pero seguro que ya está recuperada y juega con sus amigas con normalidad”. Quince minutos después entraba en la oficina para empezar el trabajo del día. Tras saludar a sus compañeros, lo primero que hacía al llegar era levantar el teléfono y llamar a su marido que entre semana estaba a 300 kilómetros de casa trabajando para una empresa de hidrocarburos en Puertollano. Como consecuencia de la crisis a Julio le habían trasladado a otra sede y durante la semana Sara tenía que llevar toda la responsabilidad. Menos mal que los fines de semana estaba él y se ocupaba de lleno de casi todo. “Te echo de menos", -dijo en voz baja-, mientras colgaba el teléfono.


Su mesa rebosaba pedidos, facturas, notas y proyectos. Sara es la encargada de toda la administración de la empresa de suministros de fontanería para la que trabaja y aunque se lleva bien con su jefe, hace un mes tuvieron una fuerte bronca cuando despidió a su compañera de oficina. Ahora todo el papeleo para ella sola era una montaña difícil de abordar y así pasó la mañana, entre documentos, llamadas de teléfono y rápidos vistazos al reloj que tiene en la pared, pensando en sus hijas y su marido y en la salud de su madre.


Ni siquiera esperó a que se apagara el ordenador cuando a las 2:00 de la tarde salía para comer. Ella se arreglaba con poco e incluso su suegra le llevaba muchas cosas preparadas, pero antes tenía que pasar por el supermercado para la cena. Cargada de bolsas, llegó a casa y no tardó más de diez minutos en colocar la compra y en comer. Volvía a mirar el reloj, cuando entraba de nuevo en el coche, para ir a casa de sus padres.


“¿Qué tal ha pasado la noche?”, -le preguntaba a su padre mientras cerraba la puerta-. “Regular”, -le contestó él, con aire cansado y una clara señal de no haber dormido reflejada en su cara. Sara miraba a su madre sentada en el sofá mientras dejaba el abrigo y el bolso en una silla del salón. Se acercó y la besó, aunque ella apenas la reconocía. Volvió la vista hacia su padre, de nuevo, y sintió mucha emoción. Estaba orgullosa de él, pues cuidaba de su madre como si se tratara de un auténtico enfermero, 24 horas al día desde que enfermó de Alzheimer. Por eso se pasaba a ver y a ayudar a sus padres siempre que podía. Esta enfermedad es una carga demasiado pesada. Tras la comida y un poco de limpieza junto a su padre, los tres descansaron unos minutos, poquito tiempo para lo que le gustaría quedarse a Sara. Pero las niñas estaban a punto de salir del colegio.


“Vete ya, -apremiaba su padre-, y dales un beso”. Un ratito después, Sara y las chicas llegaban a casa de sus suegros. Sentía mayor alivio al comprobar que la pequeña Laura apenas tosía y su carilla estaba más risueña y alegre, con los ojos vivarachos de siempre y ganas de comer la estupenda merienda que todas las tardes les preparaba la abuela. Ella debía volver al trabajo, la mayor se iría con su abuelo a la clase de música y la pequeña se quedaría en casa jugando y disfrutando con la abuela Inés.


La tarde siguió siendo un no parar de hablar por teléfono y hacer facturas hasta que a las 8:00 colocó uno de los muchos archivos que tenía en la estantería, apagó el ordenador y cerró la puerta de la oficina. Cuando llegó a casa y se quitó los zapatos tras recoger de nuevo a las niñas en casa de los abuelos, se dejó caer en el sofá y sintió un cansancio desmesurado. Parecía como si hubiera perdido la sensación de la realidad por un momento, pero enseguida se dio cuenta de los gritos de las chicas en la habitación, intentó olvidarse de la paliza que tenía su cuerpo y subiendo la escalera les dijo que se fueran preparando para el baño. Ni siquiera se puso unas zapatillas y descalza como estaba, preparó la cena rápidamente mientras las pequeñas jugaban en la bañera. Cenaron las tres juntas riéndose de las cosas que les habían pasado durante el día y después de media hora de dibujos en la televisión las metió en la cama. Al apagar la luz de la habitación, Sara sintió una mezcla de enorme cansancio y de pequeña felicidad.


Cuando acabó de recoger la cocina, ató la bolsa, cogió las llaves y ya en la calle, se dirigió al contenedor de basura más cercano a su casa. Fue en ese momento cuando nos cruzamos, yo en mi paseo nocturno y ella de vuelta a su precioso hogar. “¿Qué tal todo, Sara?", -la pregunté según me acercaba-. “Rucio, estoy agotada”, -me contestó ella-.


Tras una breve charla nos despedimos cordialmente, como siempre. Sara subió las escaleras de su casa y yo seguí con mi paseo, mientras pensaba lo mucho que admiraba a esta chica y a todas las mujeres como ella.

Rucio

(Para todas las mujeres. Porque se lo merecen)