
Lo reconozco, soy burro de pueblo, no soy burro de ciudad, y las veces que voy a la ciudad me pasa lo que a Paco Martínez Soria, que estoy más perdido que Victoria Beckham en una biblioteca. La historia que a continuación les voy a relatar está basada en hechos reales y cualquier parecido con la realidad es verdad de la buena, aunque no lo parezca.
Lunes, 4 de enero de 2010, 18:30 horas. Ciudad de Castilla, encantadora y bella, pero a veces absurda como pocas ante ciertas situaciones. Como les cuento, me acerqué a la ciudad a realizar compras habituales en tiendas habituales, pero cuando salía en dirección hacia el pueblo donde vivo y pasto me adentré en una dimensión no espacial, sino especial, digna de estudio. Reto a los mejores psicólogos y sociólogos de este país a que me den una explicación razonable. Yo no la encuentro.
Los burros tiramos,- y seguimos tirando – de carros durante siglos, lo que pasa es que ahora yo me he hecho con uno más moderno y en vez de tirar, me lleva. Y así iba, contento y feliz, saliendo por el puente cuando me vi atrapado por la marabunta. Nunca me imaginé que iba a tardar 33 minutos en cruzar un espacio que no tiene más de 700 metros. Espacio que va desde la rotonda de salida del puente hasta el centro comercial situado a las afueras de la ciudad. Y es que claro, cuando me vi en medio de semejante jungla, caí en la cuenta que era el día anterior a la Noche de Reyes, y todo el mundo en el mismo lugar y a la misma hora se disponía a ir al mismo centro comercial. Eso si, lo que no llevaban era el mismo coche. Había miles.
Lo que viví en ese momento se lo pueden imaginar, vehículos que pasan por el arcén, por líneas continuas, por huecos imposibles, pero sobre todo, rotondas y cruces totalmente colapsados de coches. Si en ese momento la Guardia Civil se pone a repartir multas sacan la recaudación de un año entero. Y mi cabreo ni les cuento, iba subiendo enteros a cada segundo que pasaba.
Seguramente habrán visto la película Un día de furia. Si no es así, se la recomiendo. Me sentía igual que Michael Douglas cuando intentaba llegar a casa en un día de lo más caluroso, pero las carreteras estaban colapsadas. Estresado a más no poder, deja su coche en la autopista e inicia una peregrinación por la ciudad en la que desata sus instintos más violentos y destructivos. De vez en cuando recuerdo con un buen amigo cinéfilo alguna de sus escenas. Me chifla esa en la que le quita el bate de béisbol al propio dueño coreano de la tienda y se la destroza porque no le da cambio. Si tienen una tarde, vean la película. Pasarán un rato divertido.
El caso es que allí me encontraba intentando salir de la urbe, pero como estaba más atrapado y oprimido que Joan Laporta en la Plaza de España, me dio por reflexionar. Llegué a la conclusión de que estamos tremendamente equivocados. Nunca en mi vida entenderé la existencia de este tipo de centros comerciales. Ese modelo, que es válido en Estados Unidos, aquí no tiene ni pies ni cabeza. Las pobres tiendas de toda la vida están muriendo de olvido y de pena ante tanta mole comercial, pero la gente se cree que gana en prestigio y categoría por ir a comprar a sitios tan modernos.
Ya pueden haber llegado generosos los Reyes, porque si no, no entiendo tanta ansia por acceder al recinto. Y es que esa es otra, hemos criado a los niños con tantos juguetes y tantas cosas, que si no les llevamos una docena, no estarán contentos. Otra gran equivocación, pues ya les garantizo que de los 10 o 12 regalos que les han dejado en la chimenea, 7 u 8 quedarán en un rincón y sólo les llamará la atención un par de juguetes. Observen y ya me contarán.
Pero sin duda, lo que más me inquietó fue el comportamiento de la gente. ¿Dónde va la gente? Donde va Vicente. ¡Pero cuánto aborregamiento! ¡Madre mía! Hay mil almacenes, supermercados, tiendas y comercios, pero todo el mundo va al mismo sitio a comprar las mismas cosas. Se puede ir en autobús, en bicicleta, a pie, en patinete, pero todo el mundo va en coche. Hay 365 días al año para comprar, pero todo el mundo compra la misma tarde y a la misma hora. Si un rebaño de ovejas nos ve en ese momento nos llama tontos hasta el día del Juicio Final.
Ahora hagamos un experimento sociológico. Trasladen este momento al resto de situaciones sociales. Piensen y díganme si estamos acertados o equivocados cuando hacemos las cosas de cualquier manera por el hecho de que todo el mundo hace lo mismo. O es que al final ¿somos como otros animales y necesitamos ser gregarios y sentirnos protegidos por lo que hace el resto? ¿Sólo actuamos cuando actúan otros y nosotros no hacemos nada por propia iniciativa? Buscamos sociabilidad juntándonos en lugares cada vez más deshumanizados. Es como cuando vamos a tomar algo a un bar, pero no hay nadie. No entramos. En realidad no queremos hablar con otras personas, pero nos reconforta el que haya más gente. ¡Qué paradojas! El comportamiento del ser humano a veces es indescifrable.
Ah, y la próxima vez comparen los precios que tienen en los centros comerciales con los que tienen las tiendas de siempre. Se llevarán una grata sorpresa. Además, el rato de charla con el tendero de toda la vida, no te lo cobra.
Rucio

Un regalillo del corresponsal en la sierra de Ávila...
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