3 mar 2010

El despedidor


El hecho de estar prejubilado tiene sus riesgos, pues con eso de que tienes tiempo libre te lías a hacer cosas y sumando, sumando, paras menos que cuando estabas trabajando con un horario establecido. En fin, serán cosas de la vida moderna. Aunque si les digo la verdad, en parte estoy encantado, porque al fin y al cabo, hago lo que me sale de las orejas. Eso sí, no les voy a engañar, echo de menos la vida placentera que se vivía en el campo hace años, la que canta Manolo García en sus canciones, vida sosegada, tranquila, agradable, donde el mayor estrés estaba en función de la velocidad que llevaban los bueyes arando la tierra o de las horas al fresco que te pegabas por la noche hablando de fútbol o de lo que se terciara.

Con tantas cosas, y como diría otro gran compositor, Ismael Serrano, - como ven, hoy me he levantado un tanto cantautor o cantamañanas - últimamente ando algo perdido, aunque espero que no desconectado del todo. El caso es que ya tenía yo ganas de asomarme por esta ventana para despacharme a gusto con unas cuantas cositas y no encontraba un momento adecuado de reflexión profunda.

A ver, ya no sé si es la crisis o es que nos estamos volviendo gilipollas del todo, pero hoy quería hablarles de unas perlas que me han dejado un tanto atónito. Hace una semana un día cualquiera - ven como sigo cantarín, ahora con Antonio Vega - llego a casa, me pongo cómodo, enciendo la tele y lo primero que sale es un programa de actualidad y sucesos. Sin ganas de tocar el mando a distancia debido al cansancio, ya me estaba empezando a relajar cuando me sueltan así, a bocajarro, sin anestesia ni nada, que unas cuantas empresas han creado la figura del despedidor. Como lo oyen, bueno, como lo leen. En ese momento ya tenía las cuatro patas por alto, pero el impacto de la noticia me hizo poner en pie, a milímetros de la pantalla de la tele.

Por lo visto, el despedidor es un psicólogo encargado de decirle a un trabajador que está despedido. Eso sí, todo con buenas palabras para pasar mejor el trance y que no se traumatice. Pero no todo queda ahí, no. Esta persona también se encarga de asesorar al despedido para que no se sienta solo y le ayuda a elaborar un curriculum para buscar trabajo. Si lo hubiera, claro. Te tienen que quedar unas ganas locas de escuchar a la persona que te acaba de echar a la calle. Mientras, el jefe estará ocupadísimo intentando inventar nuevas tonterías con las que rebajar costes. Me lo estoy imaginando, ese encargado de personal, tan majetón, acercándose a la mesa de Hernández y diciéndole, “Manolo, esta tarde antes de irte a casa tienes que pasar por el despacho del nuevo psicólogo”. Como diría José Mota, “!señora, ha llegado el despedidor!”. ¡Lo que hay que ver! Cada día nos inventamos más artimañas raras para salir airosos mientras paga el pato la gente que menos se lo merece.

Como les cuento, últimamente ando algo perdido, pero esta mañana cuando me desperté no sabía hasta qué punto. Señoras, caballeros, óiganme bien, se ha producido un hecho insólito, hemos regresado al siglo XVI. No es una película ni un sueño, es real. Y es que la CEOE, la patronal, propone para las personas más jóvenes un contrato laboral de seis meses a un año, sin derecho a paro, sin indemnización por despido, sin cotizar a la seguridad social y cobrando un salario de 633 euros al mes. Según dicen es una medida copiada de Francia y ayudaría a combatir el desempleo juvenil. Lo más de lo más.

Ya que se están buscando soluciones, y viendo el nivel tan elevado de las que proponen altos mandatarios y empresarios, ahí va una que me ha encantado a mi mismo cuando se me ha ocurrido. Propongo ir a África y traer unos cuantos esclavos gratis. Pero eso sí, no pueden tener más de 30 años y si no rinden bien ni obedecen al instante trabajando a destajo por la comida y el alojamiento en el barracón, se le aplicará como medida correctora 25 latigazos delante del resto de trabajadores. Para que todos aprendan. Puestos a proponer medidas imaginativas yo pensé al instante en ésta. Sencilla y práctica.

Bueno, pues así iba de feliz esta mañana, camino del bar donde tomo café con la tropa, pensando en esta idea tan buena que se me había ocurrido a mí solito. Se la conté a mis amigos, y mi colega el burro Bruno, que tiene confianza, me miró con actitud reprobadora, pensando si lo estaba insinuando en serio y me dijo, “pero a ver, mentecato, que no te enteras, eso no tiene nada de nuevo, tanto que te tiras el pego de burro intelectual, parece mentira que no hayas leído o estudiado la época colonial donde ya tenían tal medida en marcha”.

De vuelta a casa seguí dándole vueltas al tema, y he de confesar, que todavía no entiendo por qué me miraron raro en el bar. Yo sólo proponía una solución para salir de la crisis como otra cualquiera. Si hay alguien en la patronal que se atreve a decir tantas barbaridades en público, ¿por qué no se pueden proponer cosas parecidas? No sé, ya les digo que últimamente ando algo perdido.

Rucio

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