
Siempre digo que en esta vida ya no me sorprende nada, pero hay cosas que no llegaré a entender nunca. No sé, será que el tamaño de mis orejas me ocupa demasiada cabeza y el poco cerebro que me queda se me está derritiendo con el calor veraniego. O será que el ser humano va de mal en peor.
En los últimos días cada vez que me informo de lo que sucede en este mundo vengo escuchando noticias en las que chavales jóvenes se caen por los balcones. Pero ojo al dato, que no son balcones cualquiera, como los que usted y yo tenemos en casa. No. Son balcones de hoteles. ¡Qué cosas! Resulta que desde hace unos años para acá hay una serie de estúpidos jóvenes alemanes, ingleses y algún español que otro - ¡cómo iba a faltar un español en tan grandioso evento! – que han inventado un nuevo juego. Lo llaman “balconing” y consiste en beber alcohol hasta hartarse y consumir drogas hasta no saber ni como se llaman. En el momento en el que se les empieza a poner la cabeza como un sonajero salen al balcón de la habitación donde se alojan y se lanzan de balcón en balcón donde están sus colegas de juego y juerga.
Otra modalidad diferente consiste en lanzarse desde sus respectivos balcones a la piscina del hotel como si estuvieran en la prueba de trampolín de los Juegos Olímpicos. Como ustedes bien saben, el resultado más probable de todo esto es que esta pandilla de zumbaos dé con sus huesos en la calle o en el patio del hotel. Creo que en lo que va de verano ya son más de 30 los precipitados – como les llaman los médicos- que han dado con su cuerpo en el hospital o en el cementerio.
Por lo que tengo entendido, en ciertos foros y espacios de internet, los diferentes idiotas se animan a venir a España a pasar unas vacaciones cargadas de diversión y de nuevas experiencias tan chorras como la que les acabo de relatar. ¡Manda huevos!
Y es que párense a pensar en las cosas por las que somos conocidos en el mundo tanto España como los españoles. O en su caso, pregúntenle a alguien que viva en Estocolmo o en Kansas. Ya les digo yo la respuesta y no me varío un ápice: toros, flamenco, paella, san fermines, tomatina, siesta, juerga, playa, sol… y ahora, gilipollas saltando por los balcones. Por supuesto que hay muchas y buenas cosas, pero desafortunadamente pocos las conocen, casi siempre son menos atractivas y, claro está, dejan menos dinero.
Los extranjeros, en general, no vienen a España a formarse, a adquirir prestigio, a trabajar en importantes instituciones o grandes compañías o a disfrutar de artistas e intelectuales, que los hay. Por cada guiri que visita El Prado – que seguro tiene más de 50 años- habrá 100.000 vomitando por las playas de Ibiza. La gran mayoría vienen por la diversión que este país ofrece en sus más variadas versiones. Lo que ya no me cuadra es por qué un gilipollas de Manchester viene a Mallorca a tirarse por un balcón. Me da la sensación de que aquí en verano, con drogas, alcohol, marcha y playa todo vale. Todo hasta el extremo de dejarse la vida en una acera con tal de vivir una experiencia, que como casi todas, el ser humano no necesita y que se inventa en un intento de vivir más allá, pues la diversión normal y cotidiana no le dice nada.
Y es que esa es otra, tampoco entiendo qué necesita el hombre para recrearse. Parece que el alcohol, las drogas o la adrenalina que derrocha hasta jugarse el pescuezo es poca cosa. Si miramos al resto de animales, ninguno necesita tanta tontería para estar a gusto, pero el hombre parece buscar emociones y elementos en su mente que casi siempre son estúpidos e irracionales a más no poder. ¡Con lo bien que se está a la sombrita leyendo una buena novela o viendo una buena película!
En fin, como les decía en capítulos anteriores, yo no soy, ni mucho menos, el que tiene que dar consejos a la tropa en su disfrute veraniego, de fin de semana o de lo que sea. Cada cual que se lo monte como quiera. Eso sí, permítanme decirles que a muchos de los humanos se les ha ido la pinza del todo y eso que se supone que tienen un cerebro con el que pensar un poquitín.
Yo, que quieren que les diga, esta tarde a la sombra de las encinas de mi prado se está de vicio, así que me voy a tumbar encima de la hierba y voy a seguir leyendo la novela que empecé hace unos días. A mí de momento no me da por tirarme de barranco en barranco. Un libro, una cerveza y un poco de airecito en las orejas me sientan de maravilla.
Rucio


