23 ago 2010

Precipitados


Siempre digo que en esta vida ya no me sorprende nada, pero hay cosas que no llegaré a entender nunca. No sé, será que el tamaño de mis orejas me ocupa demasiada cabeza y el poco cerebro que me queda se me está derritiendo con el calor veraniego. O será que el ser humano va de mal en peor.

En los últimos días cada vez que me informo de lo que sucede en este mundo vengo escuchando noticias en las que chavales jóvenes se caen por los balcones. Pero ojo al dato, que no son balcones cualquiera, como los que usted y yo tenemos en casa. No. Son balcones de hoteles. ¡Qué cosas! Resulta que desde hace unos años para acá hay una serie de estúpidos jóvenes alemanes, ingleses y algún español que otro - ¡cómo iba a faltar un español en tan grandioso evento! – que han inventado un nuevo juego. Lo llaman “balconing” y consiste en beber alcohol hasta hartarse y consumir drogas hasta no saber ni como se llaman. En el momento en el que se les empieza a poner la cabeza como un sonajero salen al balcón de la habitación donde se alojan y se lanzan de balcón en balcón donde están sus colegas de juego y juerga.

Otra modalidad diferente consiste en lanzarse desde sus respectivos balcones a la piscina del hotel como si estuvieran en la prueba de trampolín de los Juegos Olímpicos. Como ustedes bien saben, el resultado más probable de todo esto es que esta pandilla de zumbaos dé con sus huesos en la calle o en el patio del hotel. Creo que en lo que va de verano ya son más de 30 los precipitados – como les llaman los médicos- que han dado con su cuerpo en el hospital o en el cementerio.

Por lo que tengo entendido, en ciertos foros y espacios de internet, los diferentes idiotas se animan a venir a España a pasar unas vacaciones cargadas de diversión y de nuevas experiencias tan chorras como la que les acabo de relatar. ¡Manda huevos!

Y es que párense a pensar en las cosas por las que somos conocidos en el mundo tanto España como los españoles. O en su caso, pregúntenle a alguien que viva en Estocolmo o en Kansas. Ya les digo yo la respuesta y no me varío un ápice: toros, flamenco, paella, san fermines, tomatina, siesta, juerga, playa, sol… y ahora, gilipollas saltando por los balcones. Por supuesto que hay muchas y buenas cosas, pero desafortunadamente pocos las conocen, casi siempre son menos atractivas y, claro está, dejan menos dinero.

Los extranjeros, en general, no vienen a España a formarse, a adquirir prestigio, a trabajar en importantes instituciones o grandes compañías o a disfrutar de artistas e intelectuales, que los hay. Por cada guiri que visita El Prado – que seguro tiene más de 50 años- habrá 100.000 vomitando por las playas de Ibiza. La gran mayoría vienen por la diversión que este país ofrece en sus más variadas versiones. Lo que ya no me cuadra es por qué un gilipollas de Manchester viene a Mallorca a tirarse por un balcón. Me da la sensación de que aquí en verano, con drogas, alcohol, marcha y playa todo vale. Todo hasta el extremo de dejarse la vida en una acera con tal de vivir una experiencia, que como casi todas, el ser humano no necesita y que se inventa en un intento de vivir más allá, pues la diversión normal y cotidiana no le dice nada.

Y es que esa es otra, tampoco entiendo qué necesita el hombre para recrearse. Parece que el alcohol, las drogas o la adrenalina que derrocha hasta jugarse el pescuezo es poca cosa. Si miramos al resto de animales, ninguno necesita tanta tontería para estar a gusto, pero el hombre parece buscar emociones y elementos en su mente que casi siempre son estúpidos e irracionales a más no poder. ¡Con lo bien que se está a la sombrita leyendo una buena novela o viendo una buena película!

En fin, como les decía en capítulos anteriores, yo no soy, ni mucho menos, el que tiene que dar consejos a la tropa en su disfrute veraniego, de fin de semana o de lo que sea. Cada cual que se lo monte como quiera. Eso sí, permítanme decirles que a muchos de los humanos se les ha ido la pinza del todo y eso que se supone que tienen un cerebro con el que pensar un poquitín.

Yo, que quieren que les diga, esta tarde a la sombra de las encinas de mi prado se está de vicio, así que me voy a tumbar encima de la hierba y voy a seguir leyendo la novela que empecé hace unos días. A mí de momento no me da por tirarme de barranco en barranco. Un libro, una cerveza y un poco de airecito en las orejas me sientan de maravilla.

Rucio

3 ago 2010

Don Vicente del Bosque


Es posible que alguno de ustedes pensara que ya no volvería a aparecer por aquí. Pues no, por aquí sigo. No es tan fácil deshacerse de mí. Echaba ya de menos darle un ratito a la tecla, así pues, ¡Rucio rebuzna de nuevo!

Hace ya unas semanas que la Selección Española de fútbol ganó la copa del mundo en Sudáfrica. Ahora que se va pasando la euforia y la gente está descansando en la playita me vienen unas cuantas reflexiones a la mente. No teman, no les robaré mucho tiempo, ni les sobrecargaré las neuronas. Así podrán seguir mirando al chico del bañador apretaico y a la moza del tanga minúsculo que tan lozanos y airosos caminan por la blanca arena al borde del agua. Tampoco les puedo decir nada nuevo que no sepan ya. Seguro que han estado muy al tanto de las distintas aventuras de la roja. Hasta un burro como yo, que he estado perdido -muy perdido, hace más de un mes que no me asomo por aquí- por esos mundos de Dios he seguido, en la medida de mis posibilidades, los pormenores futboleros del asunto.

Me alegra todo lo que ha pasado en torno a esta selección. Pero me alegra especialmente por una persona. Y esa persona no es otra que su entrenador, Vicente del Bosque. Admirado ahora por todo el mundo, nunca se ha valorado suficientemente su grandeza como persona y como sabio entrenador de fútbol.

Pero no quiero hablar de fútbol. Ya se han escrito ríos de tinta y no creo que sea yo el que vaya a aportar nada nuevo sobre este deporte tan estudiado. Hoy quiero hablar de Vicente, de su normalidad, de su sentido común, de su honestidad, su humildad y su nobleza, de su buen hacer.

Mucha de la gente que compone esta sociedad basa sus vivencias diarias en una imagen, en un ego casi siempre desmesurado, en un culto a la personalidad cada vez más artificial. Todas y cada una de las acciones que hacen son de cara a la galería, no tienen contenido ninguno, no aportan nada ni a su trabajo ni a su vida. Pero eso sí, se creen por encima de todos, nunca se rebajan ante algo que no les guste, y por supuesto, el resto de los mortales deben estar a su disposición.

Si no me creen, echen un vistazo ahora mismo a su alrededor y lo comprobaran por ustedes mismos. Observen como su jefe trata a casi toda la plantilla, como su supervisor parece el director general, como su vecino le toca la moral poniendo el volumen de la tele bien alto y le deja el Mercedes delante de su cochera o como su cuñado vacila de la casa tan imponente de la sierra y de la nueva parcelita que se ha comprado en Matalascañas. Por no hablar de todo lo que sale en televisión: modelos, cantantes, actores…y toda la panda de gilipollas que nos rodea en este país. Y si hablamos de políticos y cargos públicos que quieren que les cuente. Pásense por la plaza del pueblo o échenle un vistazo al telediario. Casi seguro que han vivido la experiencia en la que a algún compañero suyo le han dado un carguito y directamente se ha vuelto tonto, como si el cargo le diera poderes sobrenaturales. Me podría pasar el día poniendo ejemplos, pero no es plan.

Por eso da gusto ver de vez en cuando a alguien tan sensato y normal como don Vicente, un tipo integro cuyo máxima es realizar el trabajo con eficacia. En una de las primeras entrevistas tras ganar la final le preguntaron que sentía, y Vicente respondió que “habían cumplido con su trabajo”.

Castellano viejo poco dado a acaparar y a tomar protagonismo, su humildad y nobleza hacen que considere a todos por igual, valorando su trabajo y su dedicación, y sobre todo, tratando a todo el mundo de manera agradable sin creerse nunca más que nadie. Un tipo con los pies en el suelo que sabe cómo se mueve este mundo.

Todas estas características de las que vengo hablando son admirables. Sin embargo, todas ellas apenas son consideradas hoy en día, pues se lleva más la imagen provocadora, egoísta, simplista…, en definitiva, de llamar la atención haciendo tonterías que no deberían interesar a nadie, pero que como ustedes bien saben –y yo no entenderé en mi burra vida- a la gente le chiflan.

No sé, será eso que he escuchado varias veces decir, que ser normal no vende, y por lo tanto, que Vicente del Bosque no vende. Y yo me pregunto, ¿qué hay que vender? Pero luego, reflexionando he visto la luz. Es lo que los modernos de diseño y marketing dicen, que hay que saber venderse. Vamos a ver modernos de más, lo que ustedes quieren es vendernos la moto, porque lo que es vender otra cosa no venden nada. Lo que hay que hacer es ser buen profesional, buena gente, que va por la vida con nobleza, honestidad, honradez y haciendo las cosas como es debido.

En un tiempo en el que cada cual reclama una capacidad de atención inusitada, en la que el continuo exceso de ego es la característica común de los mortales, Vicente nos da otra nueva lección de saber estar, de humildad, de no creernos más de lo que somos, porque en definitiva tampoco somos tanto.

En fin, señoras, señores, que yo tampoco soy quién para decirle a nadie cómo debe ser y qué tiene que hacer. Demasiado tengo yo con mi cuerpo serrano como para ir dando consejitos a la tropa. Eso sí, a la larga siempre será más considerado y valorado aquella persona que hace las cosas como es debido que no un tonto las pelotas que llama mucho la atención, pero que lo único que vende es humo.

Me voy a dar un paseíto para despejarme, que el estrés de los últimos meses ya me va pesando. Y si se tercia, y no es muy tarde, a lo mejor cae alguna cañita con mi colega el burro Bruno y la pandilla de amiguetes.


Rucio