3 ago 2010

Don Vicente del Bosque


Es posible que alguno de ustedes pensara que ya no volvería a aparecer por aquí. Pues no, por aquí sigo. No es tan fácil deshacerse de mí. Echaba ya de menos darle un ratito a la tecla, así pues, ¡Rucio rebuzna de nuevo!

Hace ya unas semanas que la Selección Española de fútbol ganó la copa del mundo en Sudáfrica. Ahora que se va pasando la euforia y la gente está descansando en la playita me vienen unas cuantas reflexiones a la mente. No teman, no les robaré mucho tiempo, ni les sobrecargaré las neuronas. Así podrán seguir mirando al chico del bañador apretaico y a la moza del tanga minúsculo que tan lozanos y airosos caminan por la blanca arena al borde del agua. Tampoco les puedo decir nada nuevo que no sepan ya. Seguro que han estado muy al tanto de las distintas aventuras de la roja. Hasta un burro como yo, que he estado perdido -muy perdido, hace más de un mes que no me asomo por aquí- por esos mundos de Dios he seguido, en la medida de mis posibilidades, los pormenores futboleros del asunto.

Me alegra todo lo que ha pasado en torno a esta selección. Pero me alegra especialmente por una persona. Y esa persona no es otra que su entrenador, Vicente del Bosque. Admirado ahora por todo el mundo, nunca se ha valorado suficientemente su grandeza como persona y como sabio entrenador de fútbol.

Pero no quiero hablar de fútbol. Ya se han escrito ríos de tinta y no creo que sea yo el que vaya a aportar nada nuevo sobre este deporte tan estudiado. Hoy quiero hablar de Vicente, de su normalidad, de su sentido común, de su honestidad, su humildad y su nobleza, de su buen hacer.

Mucha de la gente que compone esta sociedad basa sus vivencias diarias en una imagen, en un ego casi siempre desmesurado, en un culto a la personalidad cada vez más artificial. Todas y cada una de las acciones que hacen son de cara a la galería, no tienen contenido ninguno, no aportan nada ni a su trabajo ni a su vida. Pero eso sí, se creen por encima de todos, nunca se rebajan ante algo que no les guste, y por supuesto, el resto de los mortales deben estar a su disposición.

Si no me creen, echen un vistazo ahora mismo a su alrededor y lo comprobaran por ustedes mismos. Observen como su jefe trata a casi toda la plantilla, como su supervisor parece el director general, como su vecino le toca la moral poniendo el volumen de la tele bien alto y le deja el Mercedes delante de su cochera o como su cuñado vacila de la casa tan imponente de la sierra y de la nueva parcelita que se ha comprado en Matalascañas. Por no hablar de todo lo que sale en televisión: modelos, cantantes, actores…y toda la panda de gilipollas que nos rodea en este país. Y si hablamos de políticos y cargos públicos que quieren que les cuente. Pásense por la plaza del pueblo o échenle un vistazo al telediario. Casi seguro que han vivido la experiencia en la que a algún compañero suyo le han dado un carguito y directamente se ha vuelto tonto, como si el cargo le diera poderes sobrenaturales. Me podría pasar el día poniendo ejemplos, pero no es plan.

Por eso da gusto ver de vez en cuando a alguien tan sensato y normal como don Vicente, un tipo integro cuyo máxima es realizar el trabajo con eficacia. En una de las primeras entrevistas tras ganar la final le preguntaron que sentía, y Vicente respondió que “habían cumplido con su trabajo”.

Castellano viejo poco dado a acaparar y a tomar protagonismo, su humildad y nobleza hacen que considere a todos por igual, valorando su trabajo y su dedicación, y sobre todo, tratando a todo el mundo de manera agradable sin creerse nunca más que nadie. Un tipo con los pies en el suelo que sabe cómo se mueve este mundo.

Todas estas características de las que vengo hablando son admirables. Sin embargo, todas ellas apenas son consideradas hoy en día, pues se lleva más la imagen provocadora, egoísta, simplista…, en definitiva, de llamar la atención haciendo tonterías que no deberían interesar a nadie, pero que como ustedes bien saben –y yo no entenderé en mi burra vida- a la gente le chiflan.

No sé, será eso que he escuchado varias veces decir, que ser normal no vende, y por lo tanto, que Vicente del Bosque no vende. Y yo me pregunto, ¿qué hay que vender? Pero luego, reflexionando he visto la luz. Es lo que los modernos de diseño y marketing dicen, que hay que saber venderse. Vamos a ver modernos de más, lo que ustedes quieren es vendernos la moto, porque lo que es vender otra cosa no venden nada. Lo que hay que hacer es ser buen profesional, buena gente, que va por la vida con nobleza, honestidad, honradez y haciendo las cosas como es debido.

En un tiempo en el que cada cual reclama una capacidad de atención inusitada, en la que el continuo exceso de ego es la característica común de los mortales, Vicente nos da otra nueva lección de saber estar, de humildad, de no creernos más de lo que somos, porque en definitiva tampoco somos tanto.

En fin, señoras, señores, que yo tampoco soy quién para decirle a nadie cómo debe ser y qué tiene que hacer. Demasiado tengo yo con mi cuerpo serrano como para ir dando consejitos a la tropa. Eso sí, a la larga siempre será más considerado y valorado aquella persona que hace las cosas como es debido que no un tonto las pelotas que llama mucho la atención, pero que lo único que vende es humo.

Me voy a dar un paseíto para despejarme, que el estrés de los últimos meses ya me va pesando. Y si se tercia, y no es muy tarde, a lo mejor cae alguna cañita con mi colega el burro Bruno y la pandilla de amiguetes.


Rucio

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