27 jun 2012

Los niños y el pájaro


Cada vez que voy al centro del pueblo en el que vivo, a comprar o a resolver el interminable papeleo al que nos vemos abocados, suelo pasar casi siempre por la misma calle. En esta calle hay varios bancos, tiendas, bares, supermercados y una guardería. Muchas veces, sobre todo cuando paso por allí a media mañana, me detengo unos minutos y observo a los pequeños que juegan en el parque que hay delante de ese parvulario, como se decía antiguamente. Supongo que ninguno de los niños que se rebozan por la arena o se tiran de los columpios como si fueran Indiana Jones pasan de los tres años y es todo un espectáculo verles deambular por el patio. Imagínense las escenas que se pueden dar entre 40 o 50 pequeñajos en un rato. Otro día con más tiempo me detendré en contarles alguna que otra anécdota. Merecen la pena, se lo aseguro.

El caso es que el último día que pasé por allí, me detuve y miré a esos enanos tan divertidos, preguntándome qué será de todos ellos dentro de 15 o 20 años. “No tienen ningún futuro, les están o les estamos quitando toda posibilidad de un futuro medianamente normal”, pensé rápidamente invadido por una tristeza descomunal. Si este tinglado de sociedad que nos están creando sigue así, les espera una educación muy precaria, cada vez más vacía, más politizada y más injusta. Una educación, que lejos de formar auténticas personas, educará gente cada vez más conformista, menos crítica, más pasiva, aceptando que todo esto es así, porque así nos lo han pintado.

Cada curso que vaya pasando, se van a encontrar con colegios e institutos con menos maestros, menos profesores, pocos recursos y nada de interés en una educación absolutamente estigmatizada por tanto político analfabeto y manipulador. Los alumnos que consigan llegar a la universidad, y se la puedan pagar, será a costa de un esfuerzo económico digno de la mejor y más pudiente élite. Y todos aquellos que acaben la secundaria se van a encontrar un abanico de posibilidades de trabajo tan raquíticas como en la posguerra.  ¡Qué pena, la verdad! ¿Cómo es posible que la ambición desmesurada y la mala calaña de unos cuantos hayan aniquilado el futuro de una o varias generaciones?

Afortunadamente, estos pequeñajos están dedicándose a su principal ocupación, -el juego-, sin saber y sin pensar en la pandilla de políticos corruptos, en la tropa de jueces incompetentes, en la manada de banqueros chorizos que rigen nuestros destinos o en un elemento económico nuevo llamado prima de riesgo, que maldita la gracia nos hace saber al resto de los mortales en qué consiste. Aunque difícil, ojalá no lleguen a conocer toda esta situación tan esperpéntica, que mucho me temo, les va a llegar todavía en peores condiciones que a nosotros.

Cuando era un burro jovencito, los burros mayores siempre me decían, - seguro que a ustedes también – “estudia, trabaja duro y tendrás un buen futuro”. ¿Qué se supone que les tenemos que decir ahora a los pequeños que juegan en el parque? No lo sé, algo así como “estudia, trabaja duro, y a ver si tienes suerte y te gobiernan políticos decentes, jueces justos y banqueros honrados", porque si no es así, hagas lo que hagas, tu vida siempre estará en manos de gente indeseable.

Curiosamente, esa misma mañana cuando llegaba a casa dándole vueltas a todos estos pensamientos, me encontré con un gorrión recién salido del nido. Estaba en sus primeros intentos de vuelo, revoloteando por el suelo y pegándose contra las paredes. Asustado ante tan importante empresa, el reto más importante de su vida. Por delante le quedaban horas y días de perfeccionamiento. Y comparándole con los niños que observaba antes, pensaba que aunque también le afecten leyes medioambientales, o el cambio climático – que ni siquiera sabe lo qué es -, al menos tiene la suerte de poder volar libre, buscar su comida y vivir sus días de manera muy parecida a sus padres, abuelos y bisabuelos. Sin nadie que le gobierne de ésta o ésa manera según estúpidos ideales totalmente alejados del sentido común.

Me alegré por el pajarillo, la verdad, por la vida normal y feliz que espero disfrute al igual que sus antepasados. Pero a su vez, me dio mucha pena por los niños que crecen y juegan hoy en los distintos parques. Porque los mayores – sus padres y abuelos, en definitiva - se empeñan día sí y día también en robarles el futuro a cambio de un egoísmo infame, de una ambición malsana y de una mala baba insoportable.

Rucio