Cada vez que voy al
centro del pueblo en el que vivo, a comprar o a resolver el interminable
papeleo al que nos vemos abocados, suelo pasar casi siempre por la misma calle.
En esta calle hay varios bancos, tiendas, bares, supermercados y una guardería.
Muchas veces, sobre todo cuando paso por allí a media mañana, me detengo unos
minutos y observo a los pequeños que juegan en el parque que hay delante de ese
parvulario, como se decía antiguamente. Supongo que ninguno de los niños que se
rebozan por la arena o se tiran de los columpios como si fueran Indiana Jones
pasan de los tres años y es todo un espectáculo verles deambular por el patio.
Imagínense las escenas que se pueden dar entre 40 o 50 pequeñajos en un rato.
Otro día con más tiempo me detendré en contarles alguna que otra anécdota.
Merecen la pena, se lo aseguro.
El caso es que el
último día que pasé por allí, me detuve y miré a esos enanos tan divertidos,
preguntándome qué será de todos ellos dentro de 15 o 20 años. “No tienen ningún
futuro, les están o les estamos quitando toda posibilidad de un futuro
medianamente normal”, pensé rápidamente invadido por una tristeza descomunal. Si
este tinglado de sociedad que nos están creando sigue así, les espera una
educación muy precaria, cada vez más vacía, más politizada y más injusta. Una
educación, que lejos de formar auténticas personas, educará gente cada vez más
conformista, menos crítica, más pasiva, aceptando que todo esto es así, porque
así nos lo han pintado.
Cada curso que vaya
pasando, se van a encontrar con colegios e institutos con menos maestros, menos
profesores, pocos recursos y nada de interés en una educación absolutamente
estigmatizada por tanto político analfabeto y manipulador. Los alumnos que
consigan llegar a la universidad, y se la puedan pagar, será a costa de un
esfuerzo económico digno de la mejor y más pudiente élite. Y todos aquellos que
acaben la secundaria se van a encontrar un abanico de posibilidades de trabajo tan
raquíticas como en la posguerra. ¡Qué
pena, la verdad! ¿Cómo es posible que la ambición desmesurada y la mala calaña de
unos cuantos hayan aniquilado el futuro de una o varias generaciones?
Afortunadamente, estos
pequeñajos están dedicándose a su principal ocupación, -el juego-, sin saber y
sin pensar en la pandilla de políticos corruptos, en la tropa de jueces
incompetentes, en la manada de banqueros chorizos que rigen nuestros destinos o
en un elemento económico nuevo llamado prima de riesgo, que maldita la gracia
nos hace saber al resto de los mortales en qué consiste. Aunque difícil, ojalá
no lleguen a conocer toda esta situación tan esperpéntica, que mucho me temo,
les va a llegar todavía en peores condiciones que a nosotros.
Cuando era un burro
jovencito, los burros mayores siempre me decían, - seguro que a ustedes también
– “estudia, trabaja duro y tendrás un buen futuro”. ¿Qué se supone que les
tenemos que decir ahora a los pequeños que juegan en el parque? No lo sé, algo
así como “estudia, trabaja duro, y a ver si tienes suerte y te gobiernan políticos
decentes, jueces justos y banqueros honrados", porque si no es así, hagas lo que
hagas, tu vida siempre estará en manos de gente indeseable.
Curiosamente, esa misma
mañana cuando llegaba a casa dándole vueltas a todos estos pensamientos, me
encontré con un gorrión recién salido del nido. Estaba en sus primeros intentos
de vuelo, revoloteando por el suelo y pegándose contra las paredes. Asustado
ante tan importante empresa, el reto más importante de su vida. Por delante le
quedaban horas y días de perfeccionamiento. Y comparándole con los niños que
observaba antes, pensaba que aunque también le afecten leyes medioambientales,
o el cambio climático – que ni siquiera sabe lo qué es -, al menos tiene la
suerte de poder volar libre, buscar su comida y vivir sus días de manera muy
parecida a sus padres, abuelos y bisabuelos. Sin nadie que le gobierne de ésta
o ésa manera según estúpidos ideales totalmente alejados del sentido común.
Me alegré por el pajarillo,
la verdad, por la vida normal y feliz que espero disfrute al igual que sus
antepasados. Pero a su vez, me dio mucha pena por los niños que crecen y juegan
hoy en los distintos parques. Porque los mayores – sus padres y abuelos, en definitiva
- se empeñan día sí y día también en robarles el futuro a cambio de un egoísmo infame,
de una ambición malsana y de una mala baba insoportable.
Rucio


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