30 ene 2022

Nada

 

Llevaba un buen rato mirando por la ventana devanándose los sesos, intentado pensar sobre un concepto filosófico. Quería algo fácil para escribir el trabajo, o más bien castigo, que el profesor de filosofía le había asignado esa mañana. Ya era noche cerrada. Apenas pasaba gente por la calle. En los últimos minutos tan solo había visto pasar a un par de personas que acababan de cerrar el bar de la esquina y a uno de los vecinos del bloque de enfrente, que sacaba a pasear en perro mientras fumaba el que podría ser el último cigarro del día. Marco miró de nuevo el reloj que marcaba las 23:51 y sintió que el cansancio y el sueño se apoderaban de él de manera irremediable.

-¡Joder, qué horas, cómo para escribir un tratado filosófico!,-pensó mientras se echaba hacia atrás en la silla, estirando los brazos, bostezando y resoplando, como si fuera el burro más apaleado del planeta tierra.

            Marco se llevó las manos a los ojos y frotándolos intentó que el sueño desapareciera como por arte de magia. Imposible, pensó una vez más. Apagó la lámpara de su escritorio y se dejó caer en la cama como si alguien le hubiera pegado un tiro. Lo último que se le pasó por su mente antes de ingresar en el más allá de los inconscientes fue algo así como, “mañana me levanto a las 6:00 y en un par de horas lo dejo hecho”.

            El susto que se llevó al despertarse y comprobar que la sensación era cierta le dejó acojonado al bueno de Marco.

            -“¡Casi las 8:00 de la mañana, la madre que me parió!

Sentado en la cama y con las manos en la cabeza se quedó pensando en el suspenso más absurdo que se iba a llevar. Y todo por hablar con Alberto en aquella clase. El profesor les había avisado varias veces, pero el cabrón de Alberto seguía insistiendo y no paraba de hablar. Hasta que ya bastante molesto Gustavo, el profesor de filosofía, interrumpió su explicación y se dirigió a ellos con un considerable cabreo.

-Como veo que tenéis muchas ganas de hablar, para la próxima clase debéis escribir un ensayo y exponerlo a todos los compañeros. Todo tiene que seguir el modelo ya explicado de escritura y exposición. Vuestros compañeros tienen el plazo acordado. Vosotros para la siguiente clase, el próximo jueves. No realizarlo en plazo significa evaluación suspensa-, sentenció con rotundidad.

Y ya era jueves y tocaba filosofía a segunda hora. Nada que hacer. Resignado, Marco se levantó de la cama y fue al baño. Y cuando se estaba peinando un fogonazo llegó a su mente y se le ocurrió la idea. "Si, si, puede funcionar, puede funcionar". -Otra cosa no puedo hacer, -pensó esperanzado-.

Si algo les había enseñado Gustavo a sus alumnos desde sus inicios como profesor era a pensar, a pensar de manera diferente, a ser brillantes, originales, auténticos en sus reflexiones y críticos en sus opiniones. A Marco le parecía un profesor excepcional, con él aprendía muchos aspectos de grandes filósofos, y desarrollaba análisis profundos de conceptos y de pensamiento.

Pero en aquella clase en la que estaba hablando con Alberto, casi discutiendo, había colmado la paciencia del profesor. Y el “castigo” era que los alumnos realizaran algo interesante que aportara conocimiento. Era la manera que tenía Gustavo de centrar a los alumnos y de desarrollar mentes críticas.

Cuando comenzó la clase se filosofía, Marco no sabía si lo que iba a hacer cabrearía más al profesor, sería algo intrascendente o saldría del paso bien parado. El caso es que Gustavo llegó, dejó su mochila y su abrigo en el sillón y tras los buenos días de rigor, miró al frente en el que todos guardaron silencio más rápido de lo habitual, y quedaron expectantes cuando preguntó cuáles eran los temas sobre los que habían escrito e iban a exponer. Los diez minutos de exposición de Alberto resultaron interesantes. Habló del infinito relacionado con la continuidad permanente, así como el concepto de eternidad y la medida del tiempo, en varias épocas de la historia y en la actualidad.

Tras un breve comentario por parte de Gustavo completando algunos aspectos y elogiando otros, le llegó el momento a Marco. Éste sacó un folio de su carpeta y escribió algo, se levantó despacio de su silla y caminó hasta colocarse al lado de la pizarra. De natural tranquilo, de repente se puso nervioso, pues no sabía cómo iba a resultar su idea. Miró al folio, levantó la vista y cogiendo una tiza escribió en la pizarra lo mismo que podía leerse en el papel y que enseñó a todos: LA NADA. El resto de la hoja estaba completamente en blanco.

Marco no dijo una sola palabra en su exposición. Era parte del concepto. Después de un minuto en completo silencio, sin que nadie se atreviera a decir una palabra, uno de los alumnos comenzó a aplaudir. E inmediatamente el resto de compañeros aplaudieron y rieron, alguno de ellos a grandes voces, mirando a Gustavo que todavía estaba dándole vueltas a lo que acababa de observar.

Cuando la clase fue volviendo a la normalidad, Gustavo, aún pensativo, esbozó una sonrisa.

-¡Tienes mucho morro, Marco!, pero no te puedo suspender, claro está. Supongo que no has querido o no has podido hacer el ensayo y la exposición según lo establecido. Pero como idea, lo que has hecho es brillante. -comentó el profesor, sintiéndolo realmente.

-Tu tienes el mérito-, añadió Marco, según se dirigía a su mesa. Siempre nos enseñas a pensar diferente. A pensar mejor.

-Reconozco que no vas a llegar a ser un buen filosofo, pero te vas a ganar muy bien la vida, finalizó el profesor de filosofía. Ahora si, ahora Gustavo sonreía plenamente. 


#MaestrosInolvidables 

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