
Estas semanas de verano en las que el sol aprieta acostumbro a levantarme temprano y a darme un paseo por el campo antes de que el calor impida el andar placentero. Cada día salgo de mi tenada en la que duermo tan ricamente, observo el cielo mientras me estiro para desperezarme y escruto concienzudamente el horizonte en un atisbo de adivinar como se presenta el día.
Como les cuento, tras mi correspondiente ración de cereales y antes de ponerme a pastar un rato en mi prado, es para mi un verdadero placer ese primer paseito de la mañana por los prados y campos colindantes. Y así iba esta mañana, por uno de ellos que suele estar ocupado por unas vacas blancas, grandes y hermosas con las que suelo charlar de vez en cuando. Ya de vuelta y mirando el suelo un tanto irregular, vi un hormiguero enorme del que salía un camino espectacular (toda una autopista) que las hormigas han construido con su continuo ir y venir en busca de su apreciado alimento para el invierno.
No, no les voy a contar otra versión del cuento de la hormiga y la cigarra. Ya todo el mundo se lo sabe, así que cada cual que se aplique la moraleja. Lo que les quiero contar es que me quedé maravillado viendo el continuo trajín apacible y sereno de las hormigas y como éstas trabajan cada verano sin descanso. Ya son muchas veces las que me he parado a ver su gran trabajo y organización. Si tienen ocasión no duden en hacerlo, les garantizo que les va a gustar mucho.
El caso es que allí estaba ese hormiguero rodeado en su superficie de grandes cantidades de hojas que le han quitado al pequeño cereal y que tras almacenarlo en sus dependencias subterráneas sacan afuera. Estos pequeños seres negros en constante movimiento saben perfectamente lo que tienen que hacer, y así estaban ellas, unas en una dirección a buscar comida y otras ya de vuelta con el grano a cuestas.
Es impresionante ver como muchas arrastran un grano que les dobla en tamaño y en peso, pero por mucho que les cueste no soltarán hasta que lo depositen en su almacén. En estas estaba, viendo su perfecto y admirable trabajo, cuando me llamó la atención una de ellas. No era de las más grandes. Era más bien pequeñita. Sin embargo, llevaba un grano tres o cuatro veces mayor que ella y se notaba que estaba haciendo un gran esfuerzo. Miré hacia el hormiguero y vi que le quedaba un largo recorrido hasta el final. Decidí seguir su peripecia atentamente y no perderla de vista.
Poco a poco iba avanzando, más rápido o más lento dependiendo del terreno, hasta que llegó a un tramo donde se encontró con un montículo de tierra rodeado de pajas a los lados. No había suficiente espacio para que el grano pasara entre el montículo y las paredes. La hormiga, con gran empeño, tiraba y tiraba del grano, pero no había manera de hacerlo pasar por tan estrecha zona. Con cuidado y en un intento de ayudarla decidí quitar el montículo y las pajas con mi pezuña. Pero claro, la hormiga no lo entendió así y viendo la amenaza sobre su cabeza soltó el grano y salió zumbando.
Así que allí se quedó el grano, en medio del camino, con el resto de hormigas pasando a su lado sin detenerse. Al poco rato pasó una hormiga grande. Se detuvo y examinó el grano como preguntándose por qué estaba allí. Ah, mira, me dije, ella va a proseguir con el trabajo y como su tamaño es mucho mayor, no le va a costar tanto. Arrastró el grano un instante, pero en seguida se paró y miró a su alrededor. Volvió a coger el grano, pero se volvió a parar y volvió a mirar, desconcertada.
Y así estaba yo, inquieto, observando la situación y expectante por saber que pasaba, cuando de repente llegó la hormiga pequeñita, la que salió corriendo ante mi amenaza. Con gran resolución, cogió de nuevo su grano y prosiguió su camino como si no hubiera pasado nada.
La acompañé el resto del trayecto con mi mirada y la vi perderse dentro del hormiguero. Supongo que le quedaría bastante recorrido hasta llegar a las despensas, pero eso ya pertenece al mundo subterráneo de las maravillosas hormigas. Cuando me marché y dejé a los pequeños seres negros trabajando sentí una agradable sensación, pues la hormiga pequeñita había cumplido perfectamente con su trabajo. ¡Y de que manera!
Rucio
Como les cuento, tras mi correspondiente ración de cereales y antes de ponerme a pastar un rato en mi prado, es para mi un verdadero placer ese primer paseito de la mañana por los prados y campos colindantes. Y así iba esta mañana, por uno de ellos que suele estar ocupado por unas vacas blancas, grandes y hermosas con las que suelo charlar de vez en cuando. Ya de vuelta y mirando el suelo un tanto irregular, vi un hormiguero enorme del que salía un camino espectacular (toda una autopista) que las hormigas han construido con su continuo ir y venir en busca de su apreciado alimento para el invierno.
No, no les voy a contar otra versión del cuento de la hormiga y la cigarra. Ya todo el mundo se lo sabe, así que cada cual que se aplique la moraleja. Lo que les quiero contar es que me quedé maravillado viendo el continuo trajín apacible y sereno de las hormigas y como éstas trabajan cada verano sin descanso. Ya son muchas veces las que me he parado a ver su gran trabajo y organización. Si tienen ocasión no duden en hacerlo, les garantizo que les va a gustar mucho.
El caso es que allí estaba ese hormiguero rodeado en su superficie de grandes cantidades de hojas que le han quitado al pequeño cereal y que tras almacenarlo en sus dependencias subterráneas sacan afuera. Estos pequeños seres negros en constante movimiento saben perfectamente lo que tienen que hacer, y así estaban ellas, unas en una dirección a buscar comida y otras ya de vuelta con el grano a cuestas.
Es impresionante ver como muchas arrastran un grano que les dobla en tamaño y en peso, pero por mucho que les cueste no soltarán hasta que lo depositen en su almacén. En estas estaba, viendo su perfecto y admirable trabajo, cuando me llamó la atención una de ellas. No era de las más grandes. Era más bien pequeñita. Sin embargo, llevaba un grano tres o cuatro veces mayor que ella y se notaba que estaba haciendo un gran esfuerzo. Miré hacia el hormiguero y vi que le quedaba un largo recorrido hasta el final. Decidí seguir su peripecia atentamente y no perderla de vista.
Poco a poco iba avanzando, más rápido o más lento dependiendo del terreno, hasta que llegó a un tramo donde se encontró con un montículo de tierra rodeado de pajas a los lados. No había suficiente espacio para que el grano pasara entre el montículo y las paredes. La hormiga, con gran empeño, tiraba y tiraba del grano, pero no había manera de hacerlo pasar por tan estrecha zona. Con cuidado y en un intento de ayudarla decidí quitar el montículo y las pajas con mi pezuña. Pero claro, la hormiga no lo entendió así y viendo la amenaza sobre su cabeza soltó el grano y salió zumbando.
Así que allí se quedó el grano, en medio del camino, con el resto de hormigas pasando a su lado sin detenerse. Al poco rato pasó una hormiga grande. Se detuvo y examinó el grano como preguntándose por qué estaba allí. Ah, mira, me dije, ella va a proseguir con el trabajo y como su tamaño es mucho mayor, no le va a costar tanto. Arrastró el grano un instante, pero en seguida se paró y miró a su alrededor. Volvió a coger el grano, pero se volvió a parar y volvió a mirar, desconcertada.
Y así estaba yo, inquieto, observando la situación y expectante por saber que pasaba, cuando de repente llegó la hormiga pequeñita, la que salió corriendo ante mi amenaza. Con gran resolución, cogió de nuevo su grano y prosiguió su camino como si no hubiera pasado nada.
La acompañé el resto del trayecto con mi mirada y la vi perderse dentro del hormiguero. Supongo que le quedaría bastante recorrido hasta llegar a las despensas, pero eso ya pertenece al mundo subterráneo de las maravillosas hormigas. Cuando me marché y dejé a los pequeños seres negros trabajando sentí una agradable sensación, pues la hormiga pequeñita había cumplido perfectamente con su trabajo. ¡Y de que manera!
Rucio






