Hace unos días apareció en los medios una noticia un tanto llamativa en la que un profesor había sido denunciado por un padre por haber castigado a su hija. Según cuenta la mencionada información, parece ser que el docente castigó a la niña poniéndola cara a la pared por no hacer las tareas y le hizo copiar cien veces “debo hacer lo que me manden”. Esa misma noticia dice que en ese momento la niña “se angustió y vomitó”. Después de esto, y según la versión del padre, el profesor “obligó a la menor a recoger el vómito". El profesor, por su parte, “negó que la niña vomitara”.
A ver, cada alumno es un mundo y hay muchos profesores diferentes. Yo no tengo ni idea de lo que pasó, pero me atrevo a decir que de cien veces que pase esta situación en 97 sería verdad la versión del profesor y en 3 se daría la versión del padre. No digo que no haya profesores que se pasen un rato largo, pero nadie trabaja de profesor con el objetivo de machacar a los alumnos. Entre otras cosas, porque los chavales de hoy en día son los que se encargan de machacar a los profesores con la inestimable colaboración de algunos padres. En fin, sea como fuere el tema del profe, el padre y la niña, les aseguro que hace unos años no se hubiera producido.
El prado en el que pasto está a las afueras del pueblo y el instituto de secundaria me queda relativamente cerca. De hecho, coincido muchas veces en el mismo bar al que van a tomar café los profesores y muchos de ellos son amiguetes. Así pues, entre lo que veo y lo que me cuentan me puedo hacer una idea bastante aproximada de cómo está el patio educativo. Podría contarles más aventuras que una novela de caballería.
Un carca y prejubilado burro como yo vivió otro tipo de escuela cuando era un equino jovencito. Desde entonces las cosas han cambiado mucho, unas cuantas afortunadamente para bien, pero otras cuantas desafortunadamente para muy muy mal. Las que han cambiado para mal están haciendo de nuestros chicos, -y perdonen que lo diga así de claro y de rotundo-, unos perfectos gilipollas. Ya les garantizo que dentro de unos cuantos años lo vamos a lamentar mucho, ellos y nosotros. Pero aquí no pasa nada, mientras tanto, vamos tirando que vienen dando. Y el que venga detrás que arreé.
Supongo que los chicos tienen parte de culpa. Cada día son más apáticos, más pasivos y más acomodados, pero no tienen toda la culpa. Ni mucho menos. Entre todos hemos creado una sociedad que cada vez más lleva a estos chicos a pensar y a sentir así. Si me pongo a repartir culpas puedo llenar un par de folios. Resumámoslo en políticos, padres y sociedad en general. Políticos ineptos, incapaces todos ellos, gobierno tras gobierno desde hace años, de hacer nada coherente por la educación. Padres megamodernos y superconsentidores que creyendo que con darle todo iban a hacerlos mejores. Y sociedad empachada de si misma, sin voluntad ni ganas, que ofrece una imagen en la que vale todo, de cualquier manera y a cualquier precio.
Parece que añoro los tiempos de “la letra con sangre entra”. Para nada. Lo que si añoro es un tiempo de ponerle ganas, interés e ilusión a las cosas que se hacen cada día en un aula. Y eso hoy no se ve ni en fotografía. Con el grado de conocimiento y los medios que tenemos ahora se podrían hacer auténticas maravillas y todos los chicos tenían que estar dando palmas con las orejas. Sin embargo, les invito a que se pasen algún día, con calma, por un centro y observen. Se darán cuenta de que para el 90 por ciento de los alumnos el hecho de estar en clase y recibir una educación es una auténtica tortura. No quieren estudiar nada. No quieren hacer nada.
Me pregunto qué hemos hecho y qué estamos haciendo para que los chicos sientan esto. Menos mal, que el 10 por ciento restante sigue en la brecha. Siempre hay alguien o algo que merecen la pena.
Rucio.

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