Las
caras de los asistentes, una enorme multitud, son una mezcla de tristeza, orgullo,
admiración y sobre todo respeto, auténtico respeto hacía la labor y la enorme
valía personal y profesional de un ser humano excepcional. Un aplauso
espontáneo y de corazón brota de repente y se hace tan sonoro que sobrecoge.
Y así y, en tan solo unas
décimas de segundo, mi mente viaja 31 años al pasado, como si se tratara de un
viaje en el tiempo y la memoria, al momento exacto en el que la vida me regaló
primero un enorme maestro y después una maravillosa amistad.
Todos los alumnos aguardábamos
expectantes al nuevo maestro de Sociales. Aún hacía calor en ese mes de
septiembre de 1991. Era nuestro último año y, estar en 8º de EGB siendo los
mayores, era algo que nos hacía sentir especiales. Ya sabíamos desde el final
del curso anterior que Doña María Jesús – sí, por aquel entonces y aunque
parezca mentira se trataba a maestros y profesores con don y doña -, se marchaba
a otro colegio, según ella peor, pero más cercano a su casa. Sabíamos de las
idas y venidas de los maestros, aunque bien era cierto, que en los últimos años
casi siempre eran los mismos. Don Ignacio siempre riendo y haciendo bromas, Don
Alipio con ese porte tan elegante, Doña María y su voz ronca de fumar Ducados, Don
Armando tan educado, Don Francisco, que era bajito y tenía mala hostia e
infundía respeto. Pero solo al principio, hasta que le conocías mejor.
Tras ver el horario de
8ºB y hablar de los maestros que nos iban a tocar, al único que no conocíamos
era al nuevo. Sólo sabíamos que se llamaba Don Ángel, según nos había dicho el
director a primera hora.
-¡Cómo sea un maestro
cabrón, de los que hacen estudiar, estoy perdido-. comentaba Carlos, pesimista,
pero con una sonrisa irónica.
Así estábamos, hablando en grupos, unos riendo, otros pasando páginas al libro, casi todos sentados, salvo un grupo de alumnos en la parte de atrás que hablaba más alto, apoyados en las mesas y en la pared.
Y
apareció el nuevo. Acompañado del director, entró Ángel. No medía más de 1,70. Delgado.
Con su pelo y su bigote perfectamente arreglados, zapatos bien limpios y una
mochila de piel marrón a la espalda. Me sorprendió, pues no eran comunes ese
tipo de mochilas entre los maestros, que solían usar más bien los típicos maletines
negros. Nada más llegar, se colocó en el centro de la clase y sin pronunciar
una sola palabra, nos miró fijamente, de uno en uno. Muy despacio. Yo no sentí
que fuera una miraba intimidatoria, aunque mal pensado más de uno podía
interpretarla como una manera de marcar territorio. Tiempo después supe que era
muestra de una personalidad arrolladora.
Acabada la presentación rutinaria por parte de Don Vicente, -el eterno director, y hombre de pocas palabras-, lo primero que Ángel hizo fue dar los buenos días y aclarar que, “por favor, no me llaméis Don Ángel, que de Don tengo poco y no me gusta. Ángel a secas, que ese es mi nombre”.
Según
pasaban las clases, en los días cada vez más fríos y más nublados de aquel otoño,
Ángel enseñaba de una manera totalmente diferente a casi todos los maestros que
habíamos conocido en aquel colegio rural compuesto por tantos chicos de los pequeños
pueblos de la comarca. El libro de texto solo lo veíamos de vez en cuando. Casi
todos los días teníamos algo diferente mediante diapositivas, fotocopias o
videos, que apenas ningún otro docente usaba. Para él lo tradicional y seguir
los libros al pie de la letra era lo menos habitual.
Un día de primavera, lo recuerdo bien, pues el sol ya lucía con fuerza, fuimos
a la clase de video. Así la llamábamos, pues era la única aula con una
televisión grande con video. Fue la primera vez que vimos canales e
informativos diferentes a los de la 1 y la 2, o la segunda cadena, que así se
llamaba por entonces. En las ciudades ya se emitían los primeros canales
privados, pero en los pueblos sólo habíamos oído hablar de Antena 3 o Tele 5. No
habíamos visto ni una sola imagen de esas nuevas cadenas en aquellos pequeños
pueblos de la vieja Castilla.
Ángel nos transmitió la pluralidad, otras opiniones y puntos de vista de los informativos, de la realidad y de la vida. Nos enseñó a distinguir argumentos a ser críticos, a ver nuevos horizontes. Y ese fue uno de los puntos de partida, quizá el más llamativo que recuerdo, de una asignatura y de un curso memorable.
La casualidad hizo que unos años más tarde, cinco exactamente, nos volviéramos a encontrar. La relación maestro-alumno se hizo amistad cuando, azares de la vida, yo salía de mis primeras clases en la Facultad de Educación y él del despacho de uno de los profesores de aquella vieja facultad. Se acordaba perfectamente de mí. Además de sus clases en el colegio de primaria, Ángel investigaba sobre educación. Luego supe que también había estudiado Historia, que escribía asiduamente en el periódico más reconocido de la ciudad y hablaba en un programa de radio, analizando los grandes temas de la actualidad.
En el año 2009 con 60 años decidió dejar las clases y jubilarse. Quería estar con su familia, estudiar, viajar y escribir. En ese orden, me dijo un ya lejano día de junio, tomando un café. Su último día de clase será recordado por la gran cantidad de alumnos, pasados y presentes que fueron a despedirlo. Y a homenajearlo. Se había dejado el alma enseñando y transmitiendo.
Hoy es el día en este
aciago 2022 en el que me sumo a este aplauso infinito. No cabe un alma en el
cementerio para despedir a Ángel Simón. Hace tan solo cuatro meses nos
transmitió a sus allegados que el cáncer que padecía le iba a apartar de sus
seres queridos y de sus grandes pasiones. “He hecho todo lo que me propuse y
con 73 años ya tengo los papeles preparados y la conciencia tranquila”, decía
con el optimismo y la personalidad que le caracterizaba. Aquel día que nos
reunió, como buen maestro nos enseñó una última lección: la vida es como una
buena historia, como un libro, tiene comienzo y fin. Y se trata de vivirla.
Vivirla con pasión.
Ángel concluye el último capítulo, pero seguro que ya tiene lápiz y papel preparados y la mente dispuesta para empezar a escribir el siguiente libro allá donde se encuentre.
Su ejemplo y su legado, al
igual que los de muchos maestros y profesores, son los mejores valores que
todos debemos seguir y transmitir. En esta sociedad tan podrida y decadente,
tan carente de respeto y donde el enfrentamiento es práctica común y cotidiana,
palabras como educación, conocimiento y cultura son la auténtica clave, las
mejores armas para construir y formar… personas.
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