En un lugar de las montañas de León, de cuyo nombre no quiero olvidarme, que es la muy noble y gélida villa de Villamanín, ha acontecido en estos días de Natividad un suceso tan digno de ser contado como de ser puesto en perpetua memoria, pues en él se mezclan la fortuna más alta con la desventura más insospechada.
Sucedió, pues, que la diosa Fortuna, que suele ser mudable y caprichosa, quiso que los bombos de la corte de Madrid cantaran con voces de ángeles el número 79.432. ¡Oh, número de bendición!, que traía consigo el renombrado Gordo, cargado de ducados y escudos bastantes para remediar mil penurias. No bien se supo la nueva, los vecinos salieron a las calles, y entre abrazos y brindis, daban por sentado que la pobreza había huido de sus lares para no volver jamás.
Mas, ¡ay de los juicios humanos, siempre tan ajenos a la verdad de los hechos! Resultó que los Mayordomos del Regocijo —que en lengua moderna llaman Comisión de Fiestas—, en un descuido más propio de quien ha bebido demasiado mosto que de un escribano real, habían vendido más papeletas de las que la ley y los décimos consignados permitían. Faltaban, según se dice, cuatro millones de euros; una cifra que marea el entendimiento y encoge el corazón del más hidalgo.
De la brava asamblea y el acuerdo de los caballeros
Viendo el entuerto, y antes de que la sangre llegara al río Bernesga o que las espadas salieran de sus vainas, convocaron a los vecinos en el Hogar del Pensionista, que para tal ocasión pareció más un campo de batalla o el consejo de unos Tercios en Flandes. Allí se mascó la tragedia, y los gritos de "fraude" y "tongo" volaban como saetas en mitad de la noche.
Empero, como la discreción suele ser madre de la paz, se llegó a un concierto que el mismo don Quijote habría tildado de prudente:
El Sacrificio de los Mayordomos: Los responsables, arrepentidos de su yerro, han renunciado a su propia parte del botín para cubrir el agujero de la ignorancia.
La Quita Voluntaria: Los vecinos, con un sentido de la concordia que no se veía desde los tiempos del Cid, han aceptado recibir una pequeña parte menos de lo prometido —unos pocos miles de monedas— para que nadie se quede con las manos vacías y los tribunales no devoren la alegría del pueblo.
Moralidad de esta historia: Bien se ve que el dinero, aunque alegra el rostro, también enturbia el juicio; mas la paz de un pueblo vale más que todos los tesoros de las Indias. Quede Villamanín como ejemplo de que, donde falta el papel, debe sobrar la honradez y el buen acuerdo.
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