Sucedió pues, en estos días de inviernos crudos y de corazones aún más gélidos, que en la ínclita villa de Badalona —asentada a las orillas del mar que otros llaman Mediterráneo— se vio una fazaña de las que mueven a lástima a las piedras y a indignación a los hombres de buena voluntad. Eran allí recogidos, en un aposento que antes fue de letras y hoy es de ruinas, unos cuatrocientos cuitados, gentes venidas de las partes de Guinea y otras regiones de la Berbería, que no traían más hacienda que sus propios suspiros y la esperanza de hallar en nuestras tierras el pan que en las suyas se les negaba.
Quiso la suerte, o por mejor decir, la falta de ella, que al despuntar el alba de un miércoles de diciembre, se presentasen ante las puertas de aquel refugio una gran tropa de alguaciles y ministros de la vara, armados de decretos y de furgones de acero. Sin mirar que el frío calaba los huesos ni que el cielo amenazaba con llanto de lluvia, procedieron a lanzar a la calle a todos aquellos menesterosos, como quien sacude el polvo de una capa vieja.
«¡Fuera de aquí, que la ocupación es pecado y delito!», gritaban los que mandan, mientras los pobres peregrinos arrastraban sus petates y colchones, semejando una procesión de ánimas en pena que no hallaban donde hincar la rodilla.
Y es aquí, vuestra merced, donde la historia trueca su color en negro azabache. El señor de aquella villa, que por nombre tiene Albiol y por oficio el de regidor, proclamó a los cuatro vientos que ni un solo maravedí de las arcas públicas se gastaría en dar posada a quienes él llamaba intrusos. ¡Cosa inaudita en tiempos donde se celebra el nacimiento de Aquel que también nació en un pesebre por no hallar sitio en la hostería!
Viéronse entonces estos desdichados obligados a buscar amparo bajo los arcos de un puente de la autopista, por donde pasan los carros de hierro con gran estruendo, ignorando la miseria que debajo se cobija. Allí, entre el humo de los caminos y la humedad de la tierra, levantaron tiendas de trapo y cartón, siendo su única lumbre la caridad de algunos vecinos y su único techo el cemento frío de la indiferencia.
Dicen las crónicas de ahora que algunos han sido llevados a otras posadas por mano de la Santa Iglesia o de la Generalidad, pero muchos otros quedan todavía al raso, tiritando de miedo y de olvido. No hay duda de que vivimos en tiempos donde se prefiere la ley que castiga a la misericordia que socorre, y donde se mide la justicia por el color de la piel o la falta de ducados en la bolsa.
Quede pues escrita esta memoria para que no se olvide que, bajo el puente de la soberbia, duerme la vergüenza de todo un reino.
Miguel de Cervantes Saavedra
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