25 dic 2025

Crónica cervantina: misivas y mentiras de Mazón y Feijoó

 


¡Oh, desocupado lector! No sin harto dolor de mi alma y con la pluma mojada más en lodo que en tinta, me dispongo a dar cuenta de los desafueros que en las tierras del Levante han acontecido. Sucedió, pues, que en días pasados la furia de los cielos se desató sobre Valencia con tal ímpetu, que ni los aguaduchos del diluvio universal parecieron cosa mayor ante tanta desventura y quebranto.

Pero no es de la tempestad de lo que hoy vengo a fablar, sino de las artes de caballería —o más bien de trapacería— que han mostrado dos señores de alta alcurnia en la política de esta nuestra España: Don Carlos, de la estirpe de los Mazones, a la sazón regidor de aquellas tierras, y Don Alberto, el Gran Maestre de la Casa de Génova.


De las misivas secretas y el olvido de las horas

Digo, pues, que mientras el agua subía y las gentes clamaban al cielo desde sus techumbres, estos dos caballeros se enviaban mensajes por medio de unas tablillas de cristal que llaman «guásáp», artilugio del demonio que todo lo guarda pero nada remedia. Ha salido a la luz, para asombro de propios y extraños, que el tal Don Carlos, tras haber pasado luengas horas en un convite de viandas y vinos —que él llama «comida de trabajo», como si el mascar fuera oficio de Estado—, envió al fin noticia a su señor Don Alberto.

«Un puto desastre va a ser esto, Presi», rezaba la misiva, escrita con tan poco donaire y menos piedad, cuando ya la parca segaba vidas por doquier.

Y aquí empieza el entuerto, pues Don Alberto, queriendo parecer hombre de gran providencia, juró y perjuró ante los micrófonos de la villa y corte que su pupilo le había tenido informado «en tiempo real», desde el lunes mismo, como si ambos poseyeran el don de la profecía. ¡Válgame Dios, qué desatino! Ahora que la señora Jueza, mujer de vara alta y mirada severa, ha pedido las pruebas, se ha visto que las tales noticias llegaron tarde, mal y nunca, y que el tiempo real no era sino tiempo inventado en los talleres de la mentira.


De cómo se entregan papeles a la Justicia con arte de birlibirloque

Han acudido ambos ante los estrados, pero no creas, lector, que con la desnuda verdad por bandera. ¡Ca! Han entregado a la Justicia unos pergaminos de notario donde solo se leen los mensajes que Don Carlos enviaba, ocultando con gran tacañería los que Don Alberto respondía. Es como si en un duelo de esgrima solo viéramos el brazo que ataca y no el que se defiende, o como si en un libro faltaran las páginas de los pares.

Don Alberto, que en su decir gallego parece que sube cuando baja, ha confesado ahora que lo del «tiempo real» fue un «error de calendario», confundiendo el lunes con el martes, y el honor con la conveniencia. ¡Pobre excusa para tan gran falta! No es de caballeros de espuela dorada mudar la palabra según sople el viento de la encuesta.


Colofón de esta triste fazaña

Quedan ahora las gentes de Valencia entre el fango y la indignación, viendo cómo sus señores se lanzan culpas como si fueran saetas, mientras los mensajes de sus tablillas revelan que, en la hora de la mayor cuita, más les preocupaba el gabinete de crisis del adversario que el grito del que se ahogaba.

Sepa vuesa merced que la Justicia, aunque coja, suele llegar; pero mientras tanto, estos dos caballeros pretenden hacernos creer que el humo es oro y que el descuido es diligencia. ¡Oh, tiempos! ¡Oh, costumbres! Que se digan verdades o se callen embustes, pues al final, como dijo aquel hidalgo de la Mancha, «la verdad adelgaza y no quiebra, y siempre anda sobre la mentira, como el aceite sobre el agua».

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