Por Miguel de Cervantes Saavedra, Cronista de Noticia y Desengaños
¡Oh, cielos y fortunas de este nuestro caduco y desabrido siglo! Que si no bastaran los males que de suyo trae, la Parca, que no respeta ni deudos ni méritos, ha querido poner su helada mano sobre las sienes de un ingenio desmesurado que en estas tierras de Extremadura y allende ellas labró su gloria y su desazón: Roberto Iniesta Ojea, a quien la plebe, con amor y acierto, llamaba Robe.
Dicen las nuevas frescas, traídas por correo y voz de trompeta a estas horas de la madrugada del décimo de Deciembre, que ha finado el que fuera capitán y alma de la cuadrilla nombrada "Extremoduro". Sesenta y tres años contaba, edad no tan provecta que le eximiera de seguirnos dando guerra con sus versos, pero sí harta para dejar un tesoro de coplas y romances que ya corren por los labios y los pulsos de la mocedad toda.
Luto viste la Música, y la Poesía, huérfana de su acento más bravo y sin templar.
Causa dolor y espanto que un hombre que tan recio cantaba las libertades del espíritu y el desorden hermoso del alma haya tenido que rendir la espada ante dolencia tan traidora y postrera como la que le aquejaba. Pues un año ha, se nos dijo que su mal de salud, un tromboembolismo pulmonar, obligó a este Hombre Pájaro a tener las alas quietas, que es el peor castigo para quien nació a volar por la senda más áspera y por el atajo más florido.
Sus compañeros de andanza, que han escrito la más triste nota de su vida, le lloran como "el postrer gran filósofo, humanista y literato" de esta menguada lengua nuestra. Y dicen verdad, pues la filosofía que él nos ofreció no vino de libros polvorientos, sino del barro y de la pasión de quien vivió cada verso a pecho descubierto. ¿Quién otro, sino él, supo mezclar la delicadeza de las flores con la inmundicia de la calleja, logrando que la Poesía se sentara a la mesa de los desahuciados, de los quijotes sin hidalguía pero con alas de plomo?
¡Ah, Plasencia! Ciudad natal del difunto, que tanto paseó su nombre con orgullo y descaro, también se dispone a honrar a su Hijo Predilecto. No serán estas honras fúnebres de silencio y paños negros, sino, a buen seguro, un estallido de guitarras rotas y gargantas roncas, que es la música que mejor le cuadra a su memoria.
Y así nos quedamos, señores míos, con "Extremoduro" y su capitán convertidos en una leyenda que ya no envejece. Que su espíritu, que siempre buscó el camino recto por el más torcido, halle ahora la paz que en la Tierra no quiso o no pudo hallar, y que sus canciones, tan dicharacheras y tan hondas, sigan siendo el bálsamo y el veneno de todos los que osen soñar con una vida sin cercas ni jaulas.
Vuela alto, pues, bravo Robe, que tu poesía nunca ha menester de reposo.
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