19 ene 2026

Crónica cervantina: Crónica de Tragedia y Solidaridad

Por Miguel de Cervantes Saavedra, Cronista de Noticia 


Crónica de Tragedia y Solidaridad

¡Oh, Fortuna mudable y ciega, cuán poco tardas en trocar el regocijo en llanto y la paz de los caminos en espantoso estruendo!

Acaeció, pues, en las nobles tierras de Adamuz, cerca de la ilustre Córdoba, un suceso tan lastimoso y grave que las plumas más diestras habrían de humedecerse en lágrimas antes de acometer su relato. Eran las horas en que el sol se retira a sus aposentos, dejando el mundo en manos del crepúsculo, cuando dos de esas máquinas de hierro que hoy cruzan nuestras dehesas con la velocidad del pensamiento —monstruos de acero que el ingenio humano ha dado en llamar trenes— se hallaron en trágico y desvío encuentro.

Quiso la desventura que uno de estos bajeles terrestres, de la casa que llaman Iryo, perdiera su firmeza sobre los rieles, invadiendo con estrépito el camino ajeno. En un abrir y cerrar de ojos, que no fueron sino veinte segundos, otro bajel de nombre Alvia, que venía con destino a la onubense tierra, chocó contra el primero con tal violencia que el estrépito se oyó en los cielos. Cayeron los vagones por un talud de cuatro varas, quedando convertidos en un amasijo de hierros retorcidos, tan dantesco y confuso que parecía obra de gigantes enfurecidos y no de industria humana.

Pero escuchad, vuesa merced, que si grande fue la tragedia —donde más de cuarenta almas entregaron su espíritu al Creador y otros ciento cincuenta quedaron heridos en el cuerpo—, más grande fue la caridad y la hidalguía de las gentes de Adamuz.

No bien se escuchó el trueno de la colisión, los vecinos del lugar, hombres y mujeres de ánimo valeroso, no aguardaron a que los capitanes ni las justicias les dieran orden. Corrieron al sitio del siniestro movidos por la santa compasión. Hubo quien, a lomos de un pequeño vehículo de cuatro ruedas, se adentró entre la maleza y las sombras para abrir paso a los médicos; otros, con sus propias manos, desgarraron hierros y maderas para sacar de las entrañas de la máquina a los cautivos del dolor.

¡Qué estampa tan heroica se divisaba entre las ruinas! Los de Adamuz, sin preguntar linaje ni patria a los caídos, ofrecieron sus mantas para el frío, su sangre para las venas vacías y su consuelo para las almas atribuladas. No se vio allí egoísmo, sino una hermandad tan pura que parecía que todos los hombres fuesen uno solo en el socorro. Los hospitales de Córdoba y Sevilla se llenaron de voluntarios, y hasta las gentes de tierras lejanas, como La Rioja y Madrid, guardaron silencio en señal de duelo, pues la herida de uno era la herida de todos.

Quede constancia en esta crónica de que, aunque el hierro se quiebre y la vida sea soplillo que el viento arrebata, la solidaridad de los buenos es columna firme que ni el mayor de los desastres puede derribar. Dios tenga en su gloria a los fallecidos y dé fortaleza a los que hoy lloran, que en Adamuz se ha demostrado que, en las horas de mayor oscuridad, el corazón del hombre puede brillar con más fuerza que el mismo sol de mediodía.

Mas no acaban aquí las maravillas de este luctuoso suceso, que en medio de la desventura suelen los hombres mostrar de qué quilates está forjada su alma. No puedo, ni debo, dejar pasar en silencio el denuedo de aquellos que, por oficio y santa vocación, se enfrentaron a la guadaña de la muerte para arrebatarle sus presas.


De los valerosos rescatadores y ministros de la salud

Apenas la noche extendía su manto sobre los hierros retorcidos, llegaron al lugar los escuadrones del socorro: hombres de fuego, guardas del orden y aquellos licenciados en la ciencia de Galeno que, con más tiento que miedo, se adentraron en las entrañas de los vagones. ¡Qué de sudores y qué de desvelos! Trabajaron estos valerosos rescatadores sin que el cansancio les doblara las rodillas ni la sangre les mudara el color del rostro.

Eran como ángeles de carne y hueso, provistos de luces que rasgaban la tiniebla, buscando entre los lamentos una brizna de esperanza. No hubo allí jerarquía que valiera más que el alivio del prójimo; el oficial y el soldado, el médico y el enfermero, se hicieron un solo brazo para mover montañas de acero, guiados solo por el norte de la caridad y el cumplimiento del deber.


Del milagro de la concordia entre los próceres

Y si grande fue el esfuerzo de los brazos, no menos admirable resultó el de los ánimos de aquellos que rigen nuestros destinos. Pues es cosa sabida que, en tiempos de bonanza, suelen los gobernantes y próceres andar a la greña, divididos por pareceres y banderías que más confunden que aclaran. Pero quiso la tragedia en Adamuz obrar el milagro de la concordia.

Dejando a un lado las rencillas y las palabras de vituperio que suelen lanzarse en las cortes, se vieron unidos en un solo pensamiento y una sola voz. Olvidaron sus colores y sus divisas para vestirse todos con el luto del respeto y la púrpura del servicio. ¡Oh, ejemplo de hidalguía! Ver a los que mandan caminar juntos, sin buscar más gloria que el consuelo de los afligidos y el remedio de los daños, es espectáculo que reconcilia al hombre con su propia naturaleza.

"Bien parece que en las adversidades se conoce la virtud, y que en la unión de los que mandan y el valor de los que sirven se halla el único puerto seguro contra las tormentas del destino."

Esta es la verdad de lo ocurrido: que si bien la máquina falló y el camino se tiñó de sangre, el espíritu de España, desde el más humilde vecino hasta el más alto magistrado, se alzó como un gigante para decir que no hay herida que la solidaridad no pueda vendar, ni dolor que la unión no logre mitigar.



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