Por Miguel de Cervantes Saavedra, Cronista de Noticia y Desengaño
En un lugar de las Occidentales Indias, de cuyo nombre no quiero acordarme, no hace mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de melena teñida en oros, palabra altisonante y voluntad más grande que sus propios dominios. Es este don Donald, caballero de la Blanca Mansión, quien, habiendo apenas limpiado su espada de las recientes polvaredas en las tierras de la Venezuela —donde dicen que ha mudado el gobierno como quien muda de camisa—, ha vuelto sus ojos y sus ansias hacia una ínsula tan remota como helada, que los hombres llaman Groenlandia.
Sépase, lector carísimo, que este moderno caballero, no contento con las fronteras que la naturaleza y los tratados le otorgaron, ha dado en la deliciosa locura de querer anexionar para sí aquel reino de nieves eternas. Afirma don Donald, con la gravedad de quien anuncia una nueva ley de caballería, que dicha tierra es «estratégica» y que sus entrañas esconden tesoros y aceites que el mundo ansía.
Mas no todos en el orbe celebran tales desvaríos. La dueña Mette Frederiksen, que rige con mano firme los destinos de la Dinamarca, ha respondido con palabras que parecen sacadas de un libro de leyes antiguas, diciendo que tal pretensión no tiene lugar entre amigos ni entre cuerdos.
De los fieros discursos y las amenazas de guerra
Cuentan las crónicas que este don Donald, subido en su carroza de hierro que vuela por los vientos (a la que llaman Air Force One), ha dicho que la seguridad del mundo depende de que él posea aquel peñasco de hielo. Sus escuderos, entre los que destaca un tal Esteban Miller, afirman con soberbia que, siendo ellos una potencia de tal magnitud, no hay derecho de linaje que valga frente a su necesidad.
Por su parte, los moradores de la ínsula helada, gente sufrida y valiente, han dicho por boca de su capitán Nielsen que no están en venta, ni son mercancía de feria, ni desean ser súbditos de señor que les hable con tan poca cortesía.
Lo que esta historia nos enseña
¡Válame Dios! ¡Qué de cosas vemos en este siglo de luces y sombras! Un caballero que, tras vencer a un gigante en el Sur, pretende ahora comprar un continente en el Norte como si fuera una posada de camino.
«La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar que la encubre.»
Y así está el mundo, confuso y alborotado, esperando ver si la razón se impone a la codicia, o si este don Quijote de los negocios acabará por arremeter contra los icebergs pensando que son ejércitos enemigos, o si, por el contrario, logrará que el mapa del mundo se escriba con la tinta de su propia voluntad.
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