Por Miguel de Cervantes Saavedra, Cronista de Noticia y Desengaño
En este día de extrañas y harto amargas novedades, cuando el sol parece esconderse de vergüenza ante las fazañas de los que el vulgo llama grandes, llega a mis oídos una relación tan desdichada que pusiera espanto en el corazón más endurecido. Sucede, pues, que aquel que fuera tenido por el más gallardo y universal de los bardos, ese Julio, de voz de almíbar y fama de mil leguas, se ve hoy señalado no por sus trovas, sino por sus torpes y nefandos desmanes.
Oigan vuestras mercedes la cuita de dos damas, de humilde cuna pero de honra entera, que cruzaron la mar buscando el pan del trabajo y toparon con las espinas de la soberbia y el estupro. Cuenta la historia, que es madre de la verdad, que en los palacios que este cantor posee en las ínsulas del Caribe —lugares que debieran ser de reposo y honestidad—, se han urdido tramas de tal bajeza que harían palidecer a los mismísimos gigantes de mi memoria.
De los Agravios y la Esclavitud Encubierta
No son molinos, señores, sino gigantes de carne y hueso los que han oprimido a estas pobres mujeres. Dicen las crónicas de este martes que bajo el manto de la servidumbre, se escondía una suerte de cautiverio y servidumbre, donde el susodicho cantor, valiéndose de su poder y de la flaqueza de quienes le sirven, mudaba sus dulces melodías en agrias órdenes de lujuria y deshonor.
La Primera Doncella: Una joven de la Española, de apenas veintidós inviernos, relata cómo el galán, ya entrado en años pero no en virtudes, la sometía a tocamientos y actos que la razón no alcanza a comprender sin horror. Habla de golpes, bofetadas y de una voluntad quebrantada por el miedo, donde el "único amigo" que se le permitía tener era, por malicia, su propio verdugo.
La Segunda: Una mujer de la tierra de Venezuela, que acudía para sanar el cuerpo del artista con sus manos, halló que era su propio cuerpo el que resultaba herido por el acoso y las proposiciones deshonestas.
"Me sentía como un objeto, como una esclava en pleno siglo del cual no entiendo su número," clama una de las afligidas, recordándonos que no hay mayor cautiverio que el que se ejerce sobre la libertad y la inocencia.
Las leyes de este reino, que a veces caminan con paso de tortuga, parecen ahora despertar para investigar si hubo en aquellas mansiones trata de personas y violencias que ni en los libros de caballerías más oscuros se hallan. Se dice que el cantor, otrora amado, guarda ahora un silencio sepulcral, mientras las sombras de sus actos se alargan más que las de un atardecer en la Mancha.
De la Corte y sus Pareceres
Como no hay mal que no despierte el juicio de la corte, se ha visto a los grandes del lugar dividirse en pareceres. Hay quien, en su ceguera de favor, intenta cubrir el sol con un dedo, defendiendo el prestigio del cantor por encima del dolor de las agraviadas. ¡Oh, vana presunción! Que la fama, por muy universal que sea, no es escudo contra el crimen, ni la voz de oro puede limpiar el lodo de una conciencia manchada.
Mire vuestra merced, señor lector, cómo la fortuna es voluble y cómo la verdad, aunque sea delgada, nunca se quiebra y siempre anda sobre la mentira, como el aceite sobre el agua. Es vergonzoso que quien cantó al amor con tanta insistencia, haya practicado el desprecio con tanta saña. Quede esta crónica como aviso de que, por muy alto que un hombre vuele con las alas de la fama, si sus pies pisan el fango de la injusticia, acabará por dar con sus huesos en el suelo del oprobio.
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