17 jul 2009

Joaquín Sorolla y Bastida



Hace unas semanas disfruté como un gorrino en un charco. Créanme si les digo que cada vez que rememoro las imágenes que me quedaron grabadas en la retina siento una agradable sensación durante un buen rato.

Estuve en Madrid con unos amiguetes en una visita a los museos del Prado y Reina Sofía. Ya saben ustedes que mi prejubilación me deja bastante tiempo libre para dedicarme a labores intelectuales, y si, ya sé que están un tanto extrañados, pero a los burros también nos gusta el noble arte de la pintura. Han de saber que somos muy pacientes y siempre estamos observando los paisajes por los que nos movemos, así que de esto entendemos un rato largo.

El objeto de la visita al Museo del Prado era poder contemplar en vivo y en directo la mejor y más hermosa obra reunida jamás, -eso creo-, del gran pintor Joaquín Sorolla. Si, si, 102 obras juntas, una tras otra, más los enormes murales sobre España que realizó para la Hispanic Society de New York. Olé como va mi inglés. Para algo ha de servirme lo que me enseñan mis colegas los burros americanos.

Sólamente había visto alguna reproducción en libros, pero nunca antes había tenido la oportunidad de ver un lienzo del genial pintor valenciano, y chico, me quedé impresionado. Según avanzaba viendo pacientemente sus cuadros, alucinaba. En ellos se pueden ver con total claridad las luces, las sombras, las transparencias. Se puede observar perfectamente el viento, el movimiento y la tonalidad de una mañana luminosa o de un atardecer sembrado de nubes.

Entre su obra destaca el luminismo del Mediterráneo con numerosas escenas cotidianas en la playa donde se ven personas trabajando con los bueyes para meter y sacar las barcas, chicos jóvenes bañándose, o su familia paseando por citar unos cuantos. El agua, los reflejos del sol y las diferentes tonalidades (entre las que destacan los blancos) son una maravilla.

Fue, sin duda, gran admirador de la obra de Velázquez y de los grandes autores del Prado donde se pasaba largos días observando las obras maestras. De ahí parte mucha de su fase más realista e incluso naturalista con obras de temática más social.

Finalmente sus trazos acabarán siendo cada vez más impresionistas culminando su vida con los grandes murales sobre España. Cuando llegué a la zona dedicada a estos grandes paneles viví un momento de absoluto delirio. Los quería ver todos una y otra vez. Fascinado como estaba, sentí como una especie de síndrome de Stendhal arrebatado por la sobredosis de belleza.

En fin, que podría pasarme horas hablando de Sorolla. Su obra ingente de más de 2200 cuadros da para mucho. No me quiero ni imaginar la de veces que se retiraría para observar los trazos desde la lejanía y de esa manera poder observar el lienzo como una auténtica fotografía.

Creo que la muestra estará en el museo hasta septiembre, así que si tienen ocasión pásense y disfruten de las magníficas obras salidas del pincel del genial Joaquín Sorolla y Bastida.

Y una última e importante cosa, no dejen de percibir el extraordinario amor que sentía por su mujer, Clotilde García, y por toda su familia a los que retrató en numerosas ocasiones.

Rucio

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