
Como les comentaba en la última entrega, cada vez que puedo veo el encierro de Pamplona antes de salir a pasear y a pastar tranquilamente por mi prado. Esta mañana también lo he visto, pero déjenme confesar que cada año me gustan menos. No por los toros, que como saben, admiro mucho, sino por la cantidad de estúpidos –cada día más-, que allí se ven. Y es que cuando las cosas empiezan a degenerar, considero que es mejor disfrutar de lo que ha ido bien, y no cabrearse por lo que no tiene solución y encima nos empeñamos en arruinar por completo.
Según oigo con mis formidables y hermosas orejas, es tal la cantidad de gente, que se hace imposible correr con un poquito de seguridad. Si todavía fueran expertos corredores y buenos atletas, pase, pero es que la gran mayoría no sabe correr, va de rioja hasta las trancas, no ha dormido en toda la noche, y lo que es peor, no ha visto un toro ni en fotografía. Se creen que el encierro es una juerga más y eso de ponerse delante de los toros, es divertido que no veas.
Creo que la gente no es para nada consciente, ni se le pasa por la cabeza el peligro, -peligro real-, que puede tener un bicho de 600 kilos con unos cuernos como machetes. Luego claro, cuando hay una cogida grave, o la desgracia de una muerte, como ocurrió ayer, todo el mundo se echa las manos a la cabeza y se pregunta cómo suceden estas cosas. El chico que murió sabía correr, tuvo mala suerte, y es una verdadera pena, pero hay muchos que no saben y lo que deberían hacer es ver los toros desde la barrera, que también es muy emocionante.
A ver, lo raro, lo sorprendente, es que no pase algo grave todos los días viendo la cantidad de barbaridades que hace toda esa pandilla de mentecatos. Hay corredores muy expertos, verdaderos atletas que se preparan para ello y a los que admiro. Más de una vez se han visto en aprietos y más de uno ha sufrido cogidas. Si a ellos les pasa, imagínense lo que les puede suceder al resto de tocapelotas que pasan por allí.
Les cuento a modo de ejemplo unas cuantas perlas. En el encierro de hoy, un toro se queda atrás, a unos metros de sus hermanos. Va con paso más tranquilo pero sin buscar a los mozos. Pasa a un metro escaso de un corredor con pinta de guiri –creo que irlandés, por lo que comentaron después-, al que ni siquiera mira, pero éste, no contento con ver al toro tan de cerca y que no le haya hecho nada, quiere ponerle las manos en el morro. Y claro, pasa lo que pasa. El toro es más bueno que el pan, pero es bravo, así que le arreó una tarascada que le puso mirando a Dublín. El irlandés salió volando por los aires y suerte tuvo que ahora no tiene un agujero de quince centímetros. Eso si, al hospital habrá tenido que ir con algún traumatismo.
Ayer, uno de los heridos era un señor americano de 60 años. Casi seguro que es buen admirador de Hemingway, e influido por él, se mete al vallado en busca de adrenalina y aventura. El gran escritor era un tipo inteligente y veía el encierro desde el balcón del hotel. Sin embargo este señor, allá va, con un par. Con 60 años no dudo que esté en buena forma, pero o eres Usain Bolt o no tienes nada que hacer.
Luego están los que van corriendo y no saben ni por donde les viene el toro. Sólo miran atrás cuando el animal les resopla directamente en la oreja y, claro, el susto es tremebundo. Y si se queda en susto, no está mal, porque lo normal es que el toro le pegue un buen viaje en plena carrera o se le cargue en los lomos en medio segundo.
Después del encierro, en la plaza sueltan varias vaquillas para los mozos aún sedientos de carnaza. Ahí he visto como un tiparraco le daba patadas a la vaca por detrás, como muchos intentan sujetarla por la cabeza y como un muchacho caía inconsciente por el topetazo de la vaquilla con su cuerno embolado.
Pero el colmo de todos los colmos es la anécdota que ha comentado el buen periodista y experto corredor en sus años jóvenes, Javier Solano. Según cuenta, hablando con un chico americano, esté le dijo, atención, abran bien las orejas: “Cómo podéis tener miedo de un animal que es herbívoro”.
Sin comentarios. Ya lo decía sabiamente Einstein, "dos cosas son infinitas: el universo y la estupidez humana; y yo no estoy seguro sobre el universo".
Rucio
Según oigo con mis formidables y hermosas orejas, es tal la cantidad de gente, que se hace imposible correr con un poquito de seguridad. Si todavía fueran expertos corredores y buenos atletas, pase, pero es que la gran mayoría no sabe correr, va de rioja hasta las trancas, no ha dormido en toda la noche, y lo que es peor, no ha visto un toro ni en fotografía. Se creen que el encierro es una juerga más y eso de ponerse delante de los toros, es divertido que no veas.
Creo que la gente no es para nada consciente, ni se le pasa por la cabeza el peligro, -peligro real-, que puede tener un bicho de 600 kilos con unos cuernos como machetes. Luego claro, cuando hay una cogida grave, o la desgracia de una muerte, como ocurrió ayer, todo el mundo se echa las manos a la cabeza y se pregunta cómo suceden estas cosas. El chico que murió sabía correr, tuvo mala suerte, y es una verdadera pena, pero hay muchos que no saben y lo que deberían hacer es ver los toros desde la barrera, que también es muy emocionante.
A ver, lo raro, lo sorprendente, es que no pase algo grave todos los días viendo la cantidad de barbaridades que hace toda esa pandilla de mentecatos. Hay corredores muy expertos, verdaderos atletas que se preparan para ello y a los que admiro. Más de una vez se han visto en aprietos y más de uno ha sufrido cogidas. Si a ellos les pasa, imagínense lo que les puede suceder al resto de tocapelotas que pasan por allí.
Les cuento a modo de ejemplo unas cuantas perlas. En el encierro de hoy, un toro se queda atrás, a unos metros de sus hermanos. Va con paso más tranquilo pero sin buscar a los mozos. Pasa a un metro escaso de un corredor con pinta de guiri –creo que irlandés, por lo que comentaron después-, al que ni siquiera mira, pero éste, no contento con ver al toro tan de cerca y que no le haya hecho nada, quiere ponerle las manos en el morro. Y claro, pasa lo que pasa. El toro es más bueno que el pan, pero es bravo, así que le arreó una tarascada que le puso mirando a Dublín. El irlandés salió volando por los aires y suerte tuvo que ahora no tiene un agujero de quince centímetros. Eso si, al hospital habrá tenido que ir con algún traumatismo.
Ayer, uno de los heridos era un señor americano de 60 años. Casi seguro que es buen admirador de Hemingway, e influido por él, se mete al vallado en busca de adrenalina y aventura. El gran escritor era un tipo inteligente y veía el encierro desde el balcón del hotel. Sin embargo este señor, allá va, con un par. Con 60 años no dudo que esté en buena forma, pero o eres Usain Bolt o no tienes nada que hacer.
Luego están los que van corriendo y no saben ni por donde les viene el toro. Sólo miran atrás cuando el animal les resopla directamente en la oreja y, claro, el susto es tremebundo. Y si se queda en susto, no está mal, porque lo normal es que el toro le pegue un buen viaje en plena carrera o se le cargue en los lomos en medio segundo.
Después del encierro, en la plaza sueltan varias vaquillas para los mozos aún sedientos de carnaza. Ahí he visto como un tiparraco le daba patadas a la vaca por detrás, como muchos intentan sujetarla por la cabeza y como un muchacho caía inconsciente por el topetazo de la vaquilla con su cuerno embolado.
Pero el colmo de todos los colmos es la anécdota que ha comentado el buen periodista y experto corredor en sus años jóvenes, Javier Solano. Según cuenta, hablando con un chico americano, esté le dijo, atención, abran bien las orejas: “Cómo podéis tener miedo de un animal que es herbívoro”.
Sin comentarios. Ya lo decía sabiamente Einstein, "dos cosas son infinitas: el universo y la estupidez humana; y yo no estoy seguro sobre el universo".
Rucio
Cuando alguien se pone delante de un toro debería saber a lo que se expone. Como dice la canción: "si te ha pillao´ la vaca, jódete, jódete...". Pues eso, que los que no sepan, se quiten y dejen disfrutar a los que de verdad disfrutan de algo que se está convitiendo en lo que no es.
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