28 dic 2009

Cosas de deportistas


Esta mañana cuando salí de mi cobertizo el viento me tiró las orejas para atrás. No me dejaba ponerlas tiesas. Vamos, que parecía que estaba montando en moto. Así que como el día está muy desapacible, hoy he decidido quedarme en casita. Un buen libro, los periódicos y un ratito de radio a la orilla de la chimenea, -como cantaba Sabina-, son grandes placeres que no se pagan con nada. Y esta tarde, un poco de estudio, que como bien saben es mi mayor ocupación en esta tan feliz prejubilación a la que decidí acogerme.

El caso es que leyendo los periódicos me encuentro con otra noticia sobre deportistas en la que el deporte que se practica no es el protagonista precisamente. En las últimas semanas ya son unas cuantas las, llamémosle, “noticias curiosas”. Recordarán que hace cosa de un mes, los periódicos anunciaban entre risas y alborozo como un jugador había recibido una tarjeta amarilla en un partido de fútbol por lanzar una ventosidad a escasa distancia de la cara del árbitro. El colegiado estaba inclinado y cuando el jugador se agachó a colocar el balón antes de sacar una falta, éste aprovechó para soltar aire cargado de sustancias nocivas. Ahora, la Federación inglesa está estudiando sancionar al jugador con dos partidos de suspensión por “actitud injuriosa hacia el árbitro”. Como dice un buen colega, hay veces que es preferible perder un amigo que romper una tripa.

Otra de las noticias que llegan desde las Islas Británicas tiene que ver con John Terry, capitán del Chelsea y de la selección inglesa. Por lo visto, el jugador cobra dinero por hacer visitas guiadas y secretas a las instalaciones de su equipo sin que lo sepan ni su entrenador, ni los dirigentes. Junto con un coleguita reventa organizan a grupos de gente y los pasan por el centro de entrenamiento para sacarse un sobre sueldo. Por cada uno de estos grupos cobra, -ojo al dato, que diría el otro-, 11000 euros. Hay que ser cutre, para hacer esto cuando se gana, como en su caso, 9 millones de euros al año. En fin, debe ser que no llega a fin de mes para pagar la hipoteca.

De todos es sabido que hay muchos deportistas, sobre todo futbolistas, que les gusta más la fiesta que a un tonto un lápiz. Bueno, parece ser que a algunos también les gusta la post-fiesta y lo que sucede tras salir de una discoteca. Hace menos de un mes, el jugador del Real Madrid Benzema estrelló su coche levemente contra un árbol cuando iba camino de casa después de un partido. Dicho jugador se encontraba hace un par de días de vacaciones junto a un famoso rapero francés en las Islas Reunión. Ambos salían de celebrar el cumpleaños del futbolista de otra disco, se subieron a un coche deportivo y poco después se pegaron una excursión por el campo. Por Dios, que alguien le dé a este hombre cuando salga de noche una bicicleta. Bueno, una bicicleta y un casco.

Otro futbolista experto en meterse en líos es el jugador del Valencia, Miguel. Hace unos años se vio envuelto en un incidente discotequero en el que no faltaron los puñetazos, pero ahora de puñetazos pasaron a tiros. Les cuento. Resulta que el jugador y unos amiguetes estaban de fies en Lisboa y quisieron tomarse la penúltima en un local que ya había cerrado. La cuestión es que allí se produjo un altercado, supongo que por no dejar entrar a tan insignes personas, y uno de los colegas de Miguel sacó una pistola y se lió a tiros como si estuvieran en pleno Oeste americano. Por supuesto acabaron detenidos, aunque no creo que tardaran en salir del calabozo.

Pero el caso que se lleva la palma, ha ocupado portadas y ha sido retransmitido en directo es el del golfista Tiger Woods. El pastel se descubrió cuando el deportista alegó que había tenido un accidente de coche y se había golpeado en la cabeza, pero resultó que su mujer se enteró de que se la pegaba con otra, bueno, con otras dos, uy no, con tres, pues va a ser que eran cuatro, no, no, no eran cinco, ¿o eran seis?, no sé quizá siete u ocho, o a lo mejor nueve, anda que si eran diez u once, puede que hasta trece, y … al final, lo ha confesado la última amante, eran catorce. Como ya he perdido la cuenta, les decía que la mujer se enteró que se la estaba pegando con “a saber cuantas”, agarró uno de sus palos de golf y le arréo con ganas. No es para menos.

Las últimas informaciones señalan que se ha pasado muchas noches en los casinos de Las Vegas, en torno a una mesa de juego, fumando y bebiendo con amigos y rodeado de chicas. Y la pregunta es, ¿cómo puede ser el mejor golfista del mundo con semejante estrés de vida? Claro, ahora que no puede hacer nada de lo que le gusta anuncia que se retira por un tiempo.

Va a ser lo que decía Romario, -que últimamente sale en un anuncio-, que para rendir bien necesitaba salir de fies la noche anterior. Nada mejor para un espíritu positivo y un buen ánimo que las relaciones sociales. Si señor.

Siguiendo esta teoría propongo que el día 1 de enero sea laborable. ¡Menuda producción iba a tener este país tras la Nochevieja!

Rucio

13 dic 2009

Conflictos diplomáticos


No, si ahora va a ser que los pájaros se tiran a las escopetas. ¡Lo que tiene uno que ver! Uno ya es un burro un poco mayor para ver la cantidad de tonterías que pasan en el mundo. No hay día que no falte alguna. Eso si, ya les aseguro que nos quedan por ver muchas más.

Seguro que ustedes están muy al tanto. Bahía de Algeciras. 21:00 horas. Cuatro guardias civiles controlan un barco fondeado en las aguas de la bahía cuando, oh sorpresa, de repente sale a toda velocidad una lancha semirígida con dos personas a bordo y en dirección al Peñón. Dada la cercanía, los agentes españoles, que están a punto de darles caza, se meten en el puerto de Gibraltar. La lancha de los narcos embarranca debido a la persecución y los guardias civiles les trincan como es debido.

Pero en estas que llegan unos agentes de la policía gibraltareña y les dicen que de eso nada, que no puede ser, que han invadido territorio británico y que tienen que detener tanto a los dos narcos como a los cuatro guardias civiles.

Obviamente la policía gibraltareña, -profesional donde las haya-, les quita las armas reglamentarias y retiene a los agentes pertenecientes a la Guardia Civil en comisaría. El resto de la historia ya se la saben ustedes muy bien.

Vamos a ver, ya sé que soy un poco borrico, pero aquí hay algo que se me escapa. ¿No se supone que los agentes de seguridad están persiguiendo a unos narcotraficantes, y de lo que se trata es de atraparlos sean de donde sean? Vale, estamos de acuerdo, ya sé que hay leyes que rigen las fronteras y los territorios y todas esas cosas y hay que tenerlo en cuenta. Pero yo me sigo preguntando, ¿la policía gibraltareña de verdad piensa que los guardias españoles entraron con el deseo ferviente de invadir terreno británico o por el contrario, lo que tenían era unas ganas locas de echar en guante a los narcos? No sé, yo la respuesta la tengo bastante clara.

Va a ser que yo no entiendo de diplomacia o que precisamente con tanta diplomacia de por medio los malos campan a sus anchas, entran, salen y pasan fronteras como Pedro por su casa, mientras unos países y otros se pasan el día mirando mal al vecino porque ha puesto su pié encima de la línea trazada.

En general, yo entiendo que las fronteras son paso de tránsito normal para gente normal y paso de control más exhaustivo para los malos. Lo que pasa es que en cada paso fronterizo se da justo lo contrario. La buena gente se pasa las horas aguantando el chaparrón y los malos pasan tan ricamente.

El caso de Gibraltar tiene unas condiciones un tanto especiales y les apuesto un mazapán de los que se van a comer esta Navidad a que a la mayoría de los políticos les da igual y encima no sabría ni explicar.

Primero, Gibraltar se siente con una impunidad total y cada vez que pasa una tontería de éstas levanta el dedo acusador diciendo que, cuidado, que con ellos España no se mete. Segundo, todos los políticos españoles desde hace décadas, agachan las orejas, levantan el teléfono y piden disculpas. No hay ni uno que se atreva a poner las cosas claras y a decir que ciertas situaciones no se le pueden permitir a nadie, sea quien sea. Y tercero, Gibraltar está en constante acecho para que en cuanto pase el más mínimo conflicto salga dando voces, sintiéndose tremendamente agraviado.

Y todo esto pasa como si tal cosa. El caso es que si alguien se atreve a levantar las alfombras del Peñón se podrá ver que allí hay trapos sucios a manta. Gibraltar, creo recordar, tiene alrededor de 30000 habitantes y unas 40000 sociedades. ¡Qué cosas! O a mí no me cuadran las cuentas o cada llanito tiene más de una empresa. Es decir, allí cada sociedad esconde más paraísos fiscales con dinero negro y más narcotráfico que pájaros hay en el cielo. ¡Increíble!, que diría el cantante de los rizos, ese que da tantas vueltas.

En fin, con semejante negocio y con tanta impunidad, como para que los llanitos no te digan –con ese acento tan británico- “por zupuezto, nozotro zomo de Hibraltá”.

Mi colega el burro Bruno y yo estamos pensando en pedir la nacionalidad gibraltareña. No sería dificil encontrar algún negociete que nos sacara de pobres.

Rucio

1 dic 2009

Aulas de hoy en día



Hace unos días apareció en los medios una noticia un tanto llamativa en la que un profesor había sido denunciado por un padre por haber castigado a su hija. Según cuenta la mencionada información, parece ser que el docente castigó a la niña poniéndola cara a la pared por no hacer las tareas y le hizo copiar cien veces “debo hacer lo que me manden”. Esa misma noticia dice que en ese momento la niña “se angustió y vomitó”.

Después de esto, y según la versión del padre, el profesor “obligó a la menor a recoger el vómito". El profesor, por su parte, “negó que la niña vomitara”.

A ver, cada alumno es un mundo y hay muchos profesores diferentes. Yo no tengo ni idea de lo que pasó, pero me atrevo a decir que de cien veces que pase esta situación en 97 sería verdad la versión del profesor y en 3 se daría la versión del padre. No digo que no haya profesores que se pasen un rato largo, pero nadie trabaja de profesor con el objetivo de machacar a los alumnos. Entre otras cosas, porque los chavales de hoy en día son los que se encargan de machacar a los profesores con la inestimable colaboración de algunos padres. En fin, sea como fuere el tema del profe, el padre y la niña, les aseguro que hace unos años no se hubiera producido.

El prado en el que pasto está a las afueras del pueblo y el instituto de secundaria me queda relativamente cerca. De hecho, coincido muchas veces en el mismo bar al que van a tomar café los profesores y muchos de ellos son amiguetes. Así pues, entre lo que veo y lo que me cuentan me puedo hacer una idea bastante aproximada de cómo está el patio educativo. Podría contarles más aventuras que una novela de caballería.

Un carca y prejubilado burro como yo vivió otro tipo de escuela cuando era un equino jovencito. Desde entonces las cosas han cambiado mucho, unas cuantas afortunadamente para bien, pero otras cuantas desafortunadamente para muy muy mal. Las que han cambiado para mal están haciendo de nuestros chicos, -y perdonen que lo diga así de claro y de rotundo-, unos perfectos gilipollas. Ya les garantizo que dentro de unos cuantos años lo vamos a lamentar mucho, ellos y nosotros. Pero aquí no pasa nada, mientras tanto, vamos tirando que vienen dando. Y el que venga detrás que arreé.

Supongo que los chicos tienen parte de culpa. Cada día son más apáticos, más pasivos y más acomodados, pero no tienen toda la culpa. Ni mucho menos. Entre todos hemos creado una sociedad que cada vez más lleva a estos chicos a pensar y a sentir así. Si me pongo a repartir culpas puedo llenar un par de folios. Resumámoslo en políticos, padres y sociedad en general. Políticos ineptos, incapaces todos ellos, gobierno tras gobierno desde hace años, de hacer nada coherente por la educación. Padres megamodernos y superconsentidores que creyendo que con darle todo iban a hacerlos mejores. Y sociedad empachada de si misma, sin voluntad ni ganas, que ofrece una imagen en la que vale todo, de cualquier manera y a cualquier precio.

Parece que añoro los tiempos de “la letra con sangre entra”. Para nada. Lo que si añoro es un tiempo de ponerle ganas, interés e ilusión a las cosas que se hacen cada día en un aula. Y eso hoy no se ve ni en fotografía. Con el grado de conocimiento y los medios que tenemos ahora se podrían hacer auténticas maravillas y todos los chicos tenían que estar dando palmas con las orejas. Sin embargo, les invito a que se pasen algún día, con calma, por un centro y observen. Se darán cuenta de que para el 90 por ciento de los alumnos el hecho de estar en clase y recibir una educación es una auténtica tortura. No quieren estudiar nada. No quieren hacer nada.

Me pregunto qué hemos hecho y qué estamos haciendo para que los chicos sientan esto. Menos mal, que el 10 por ciento restante sigue en la brecha. Siempre hay alguien o algo que merecen la pena.


Rucio.