6 feb 2010

El engaño


Hoy quería comentar un asunto que me lleva un tiempo rondando por la azotea y que cada día llevo peor. Desde que el mundo es mundo y el ser humano desarrolló la inteligencia el engaño es algo tan natural como comerse un bocata de chorizo para merendar. Ah, no, que ya no se come eso, ahora se come bollería envuelta en plástico y fabricada en Taiwán. A lo que iba, el engaño viene de muy antiguo, y si no, que se lo pregunten al Lazarillo de Tormes, que se tenía que buscar la vida a base de engaños, pues a él mismo le engañaban cada dos por tres y se las daban todas en el mismo carrillo. De siempre la picaresca, la pillería era normal en el discurrir cotidiano de la vida en las relaciones de unos con otros. Eso si, siempre permanecía algo de honesto y noble.

Sin embargo, en los últimos años, a este engaño de toda la vida se le ha dado un par de vueltas de tuerca y se ha convertido, bajo mi punto de vista, en algo odioso a más no poder. A ver, no me refiero a la gente que se dedica a eso ni a que alguien le ponga los cuernos a su pareja con la secretaria o con el butanero. No. Me refiero a lo que parece se está convirtiendo en norma social. En cualquier sitio te la cuelan sin darte cuenta. Cada vez que salgo del hermoso prado donde vivo y pasto me siento con una sensación de continuo engaño, pero en este caso de un engaño con una mala leche tremenda. Y esto en épocas que se supone son avanzadas, que quieren que les diga, me produce una tristeza infinita.

No hace tanto tiempo, cualquier acuerdo, compra o venta se cerraba con un apretón de manos. No hacía falta papel alguno, para saber que las dos partes iban a cumplir el trato al que habían llegado. Había honestidad, nobleza y sentido de la palabra dada. Imagínense ahora esta situación en los tiempos que corren, cuando la gente no cumple lo acordado ni siquiera cuando hay contratos, firmas o notarios de por medio.

Les invito a realizar conmigo un análisis minucioso de ciertas situaciones. Desde por la mañana temprano abrimos los ojos y ya nos están engañando. Nada más apretar el interruptor para encender la luz, nos están cobrando una tarifa que no gastamos. Ahora resulta que pagamos una factura por estimación. Como en un mes gastas tanto, pues el próximo gastarás parecido. Eso si, -¡qué casualidad!-, la estimación siempre es a lo alto, nunca a lo bajo.

Nos vamos a trabajar, - los que afortunadamente no están en el paro y no están prejubilados como yo- y subimos a nuestro coche o transporte público. La gasolina te la pueden cobrar al precio que quieran y los autobuses y cercanías de algunas ciudades, no es que estén por las nubes, es que ya han pasado la estratosfera. Y ya en el trabajo ni les cuento la cantidad de sinvergüenzas que se hacen llamar jefes y explotan vilmente a muchas personas por un sueldo miserable.

Si continuamos por el sector vivienda, que quieren que les diga. Ahora que no se vende ni un piso, los están rebajando un poquito, -demasiado poquito-, pero cobrar 40 millones por una casa que vale 10 es un engaño manifiesto que todos hemos aceptado como lo más normal.

Por otro lado, nos encontramos con ciertas argucias comerciales que tienen mucha tela. Seguramente ustedes habrán oído como ciertas marcas de champú se pusieron de acuerdo para hacer más pequeños los envases y seguir cobrando lo mismo. De la misma manera, aunque en sentido contrario, fíjense como en muchos bares los cubitos de hielo son cada vez más grandes para que entre menos ron o whisky en el vaso.

Otra técnica es la que hacen las empresas de telefonía con las tarifas que –oh, nueva casualidad- suben al mismo tiempo. A esto se le puede sumar la publicidad engañosa permitida y amparada por sectores públicos y muchas de las cosas que circulan por internet y ya no sabes si es verdad, mentira o todo lo contrario.

Los bancos y sus comisiones merecen un capítulo aparte y de los políticos, pues para que les voy a contar, no hay ni uno que diga una verdad ni al médico. No sé, estas son unas cuantas cosas que se me vienen a la cabeza. Seguro que ustedes tienen otras mil diferentes.

Me van a decir que parece que me acabo de caer de un guindo y que esto es lo más normal del mundo, pero es que estoy bastante harto de tener que ir siempre con las orejas más tiesas de lo que las tengo porque en cualquier instante me van a engañar, embaucar, timar, mentir. No sé en un futuro, pero en mi caso el engaño vil y cobarde de momento no me atrae para nada. Me pasará como dice un escritor francés de nombre complicado, Rochefoucauld, que la intención de no engañar nunca nos expone a ser engañados muchas veces. Y es que palabras como honestidad y nobleza han desaparecido y cada vez hay menos gente que demuestre que va como se tiene que ir por la vida.

En fin, si soy capaz de convencer a mi colega el burro Bruno, nos vamos a exiliar a la isla en la que naufragó Robinson Crusoe. Allí los caníbales de las islas vecinas te meriendan en un santiamén, pero mejor un caníbal que sabes por donde te viene, que no un gilipollas que te cobra un café a 1,45 euros, como me pasó hace unos días, en uno de esos restaurantes autoservicio de autopista. Estuve a punto de dejarle el café en la bandeja, aunque al final tragué. Me dejó con más cara de tonto que la que tengo.

Rucio