25 ene 2010

Haití


Han pasado casi dos semanas desde que ocurrió una de las mayores catástrofes producidas por la naturaleza en los últimos años. Como todos ustedes saben, me estoy refiriendo a Haití. La devastación ha sido tan brutal, que es imposible poder ni siquiera imaginar lo que ha podido sentir cada una de las personas, que por desgracia, ha vivido tal suceso. Cuando la naturaleza pega uno de estos zarpazos, no queda otra que aceptarlo. No hay lugar para preguntas, puesto que las respuestas jamás las encontraremos.

Tampoco hay que buscar culpables, aunque en este caso, bien podríamos decir que la situación ha sido muchísimo más grave debido, -una vez más - a la acción, o precisamente a la no acción de políticos corruptos que le han sacado la sangre a uno de los países más empobrecidos durante décadas.

La gente que ha muerto supone una de las grandes pérdidas, pero el sufrimiento de los que siguen vivos debe ser ahora la gran preocupación. Seguro que ustedes han visto y oído vivencias de la población en todas las noticias. Yo me quiero quedar con un par de ellas que me han llamado especialmente la atención.

Cuando apenas habían pasado tres o cuatro días, un periodista conversaba con uno de los maestros de una escuela que hablaba en perfecto español, de posible origen dominicano. Este maestro contaba que la escuela había sufrido bastantes daños, pero afortunadamente se había mantenido en pie. En el momento del terremoto, cuando la sacudida era brutal, los maestros ordenaron salir a los niños, y éstos salieron asustados, muy asustados, pero casi sin correr, con mucha entereza y una enorme serenidad. Cuando llegaron a la calle, permanecieron en la acera esperando instrucciones e intentando estar lo más seguros posible.

La otra vivencia que me ha gustado tiene que ver con la radio. Una de nuestras radios españolas conectaba una tarde con la más popular de las radios de Haití, Radio Caribe FM. Dedicada las 24 horas a la información y a la música, ha sido uno de los baluartes para obtener información inmediata sobre la situación de las víctimas. Su director comentaba que el edificio se derrumbó, pero a las pocas horas, entre los cuarenta trabajadores – afortunadamente ninguno ha muerto- han sido capaces de sacar los equipos y montarlos sobre unas mesas en plena calle. Desde entonces, han trabajado sin descanso.

Estas vivencias, más las muchas que ustedes han oído, nos deben hacer reflexionar. Su capacidad de sufrimiento y de sacrificio es infinita, la nuestra, en comparación, casi nula.

Imagínense la cantidad de personas que aún siguen en la calle, con heridas, roturas y dolor que puede llegar a ser insoportable, y lo que es más, sin comer y sin beber. Y ahora compárenlo con nuestras cotidianas situaciones cuando no nos atienden en urgencias, durante un par de horas y ponemos el grito en el cielo y la denuncia ante el defensor del pueblo. O cuando se nos va la luz o el agua en casa, y madre mía, no nos podemos duchar.

A cada uno nos duele nuestro problema, y es cierto que hay situaciones muy complicadas en todos los sitios, pero puestos a comparar, deberíamos dar gracias a cada paso que damos, y pensar que ante ciertos “problemitas de nada” se nos debería caer la cara de vergüenza.

Y como casi todo va en la educación y en el modo de vivir, comparen también a nuestros chicos con los niños de la escuela que les he comentado antes. Aquí los chicos no pueden ir andando al colegio, hay que llevarlos en coche. No se les puede sobrecargar de deberes, se bloquean. No se les puede echar la bronca, se traumatizan. Y claro, cuando se tienen que enfrentar a momentos difíciles, no saben ni por donde de andan. No debemos olvidar que mediante la educación también se inculcan valores esenciales como la fuerza de voluntad y la capacidad de sacrificio.

Podría contarles también lo que se me pasa por la cabeza cuando oigo a periodistas y políticos manipular tantas cosas y sacar tanta tajada política, sobre todo desde aquí, desde la gran Europa y la gran España, pero no se merecen ni el comentario. Hoy quiero quedarme con las personas, las grandes personas que son las que se lo merecen todo. Y cómo no, mi admiración por tanta gente que ofrece su cooperación, su dinero y su tiempo en la ayuda desinteresada.

Sólo queda pedir que no pase más, nunca, en ningún lugar y que seamos capaces de construir nuestro día a día y su día a día, en las mejores condiciones posibles.

Rucio

7 ene 2010

Marditos centros comerciales roedores


Lo reconozco, soy burro de pueblo, no soy burro de ciudad, y las veces que voy a la ciudad me pasa lo que a Paco Martínez Soria, que estoy más perdido que Victoria Beckham en una biblioteca. La historia que a continuación les voy a relatar está basada en hechos reales y cualquier parecido con la realidad es verdad de la buena, aunque no lo parezca.

Lunes, 4 de enero de 2010, 18:30 horas. Ciudad de Castilla, encantadora y bella, pero a veces absurda como pocas ante ciertas situaciones. Como les cuento, me acerqué a la ciudad a realizar compras habituales en tiendas habituales, pero cuando salía en dirección hacia el pueblo donde vivo y pasto me adentré en una dimensión no espacial, sino especial, digna de estudio. Reto a los mejores psicólogos y sociólogos de este país a que me den una explicación razonable. Yo no la encuentro.

Los burros tiramos,- y seguimos tirando – de carros durante siglos, lo que pasa es que ahora yo me he hecho con uno más moderno y en vez de tirar, me lleva. Y así iba, contento y feliz, saliendo por el puente cuando me vi atrapado por la marabunta. Nunca me imaginé que iba a tardar 33 minutos en cruzar un espacio que no tiene más de 700 metros. Espacio que va desde la rotonda de salida del puente hasta el centro comercial situado a las afueras de la ciudad. Y es que claro, cuando me vi en medio de semejante jungla, caí en la cuenta que era el día anterior a la Noche de Reyes, y todo el mundo en el mismo lugar y a la misma hora se disponía a ir al mismo centro comercial. Eso si, lo que no llevaban era el mismo coche. Había miles.

Lo que viví en ese momento se lo pueden imaginar, vehículos que pasan por el arcén, por líneas continuas, por huecos imposibles, pero sobre todo, rotondas y cruces totalmente colapsados de coches. Si en ese momento la Guardia Civil se pone a repartir multas sacan la recaudación de un año entero. Y mi cabreo ni les cuento, iba subiendo enteros a cada segundo que pasaba.

Seguramente habrán visto la película Un día de furia. Si no es así, se la recomiendo. Me sentía igual que Michael Douglas cuando intentaba llegar a casa en un día de lo más caluroso, pero las carreteras estaban colapsadas. Estresado a más no poder, deja su coche en la autopista e inicia una peregrinación por la ciudad en la que desata sus instintos más violentos y destructivos. De vez en cuando recuerdo con un buen amigo cinéfilo alguna de sus escenas. Me chifla esa en la que le quita el bate de béisbol al propio dueño coreano de la tienda y se la destroza porque no le da cambio. Si tienen una tarde, vean la película. Pasarán un rato divertido.

El caso es que allí me encontraba intentando salir de la urbe, pero como estaba más atrapado y oprimido que Joan Laporta en la Plaza de España, me dio por reflexionar. Llegué a la conclusión de que estamos tremendamente equivocados. Nunca en mi vida entenderé la existencia de este tipo de centros comerciales. Ese modelo, que es válido en Estados Unidos, aquí no tiene ni pies ni cabeza. Las pobres tiendas de toda la vida están muriendo de olvido y de pena ante tanta mole comercial, pero la gente se cree que gana en prestigio y categoría por ir a comprar a sitios tan modernos.

Ya pueden haber llegado generosos los Reyes, porque si no, no entiendo tanta ansia por acceder al recinto. Y es que esa es otra, hemos criado a los niños con tantos juguetes y tantas cosas, que si no les llevamos una docena, no estarán contentos. Otra gran equivocación, pues ya les garantizo que de los 10 o 12 regalos que les han dejado en la chimenea, 7 u 8 quedarán en un rincón y sólo les llamará la atención un par de juguetes. Observen y ya me contarán.

Pero sin duda, lo que más me inquietó fue el comportamiento de la gente. ¿Dónde va la gente? Donde va Vicente. ¡Pero cuánto aborregamiento! ¡Madre mía! Hay mil almacenes, supermercados, tiendas y comercios, pero todo el mundo va al mismo sitio a comprar las mismas cosas. Se puede ir en autobús, en bicicleta, a pie, en patinete, pero todo el mundo va en coche. Hay 365 días al año para comprar, pero todo el mundo compra la misma tarde y a la misma hora. Si un rebaño de ovejas nos ve en ese momento nos llama tontos hasta el día del Juicio Final.

Ahora hagamos un experimento sociológico. Trasladen este momento al resto de situaciones sociales. Piensen y díganme si estamos acertados o equivocados cuando hacemos las cosas de cualquier manera por el hecho de que todo el mundo hace lo mismo. O es que al final ¿somos como otros animales y necesitamos ser gregarios y sentirnos protegidos por lo que hace el resto? ¿Sólo actuamos cuando actúan otros y nosotros no hacemos nada por propia iniciativa? Buscamos sociabilidad juntándonos en lugares cada vez más deshumanizados. Es como cuando vamos a tomar algo a un bar, pero no hay nadie. No entramos. En realidad no queremos hablar con otras personas, pero nos reconforta el que haya más gente. ¡Qué paradojas! El comportamiento del ser humano a veces es indescifrable.

Ah, y la próxima vez comparen los precios que tienen en los centros comerciales con los que tienen las tiendas de siempre. Se llevarán una grata sorpresa. Además, el rato de charla con el tendero de toda la vida, no te lo cobra.

Rucio