12 sept 2012

Bienvenido Mr. Adelson


Después de mi desaparición veraniega, aquí me tienen de nuevo dispuesto a seguir escribiendo unas cuantas líneas en forma de desahogo. Y es que soy como los fascículos, siempre vuelvo en septiembre tras algún que otro viaje, mucho reposo y no poca charla con los amigos regada con sus correspondientes cervezas. Esa es la sencilla fórmula que llevo a cabo para no salir a la calle y liarme a tiros -metafóricamente, claro, ya saben que soy un burro pacifico- con tanto tonto suelto por metro cuadrado.

Este verano que llega a su fin ha estado repleto de noticias, actuaciones, declaraciones y barbaridades a más no poder. Raro ha sido el día que no me he llevado las pezuñas a las orejas pensando que esto debería explotar de una vez por todas. Nadie se merece semejante castigo en forma de políticos tan nefastos, incapaces, funestos, ineptos, incompetentes, nulos, ineficaces, analfabetos, torpes, negados y todos aquellos adjetivos que ustedes quieran añadir. No sé, salvo honrosas excepciones, párense a pensar si se puede quitar alguno de los anteriores calificativos a la mayoría de los dirigentes que conocen de cualquier signo.

Es muy triste que absolutamente nadie sea medianamente coherente y proponga ideas claras y útiles que sirvan para salir de este pozo sin fondo en el que estamos. El partido que gobernó antes, ni está ni se le espera y los que ahora están gobernando, además de hacerle la vida imposible al personal, humillando a los que menos tienen, se les ocurren unas ideas tan peregrinas que son de traca: crear centros de juego, juerga, diversión, atracciones y viva la Pepa.

Si amigos, si. Después de buscar a conciencia un proyecto que lance definitivamente a este país al siglo XXI, las grandes mentes que nos dirigen han hallado la solución.  España se va a convertir en el gran casino-parque de atracciones-sala de fiestas de Europa. Primero en Madrid y Barcelona y luego en cada pueblo, para que la gente no se prive del placer de apostar unos eurillos en la ruleta o de subir a la montaña rusa más grande del universo.

Salimos de una burbuja inmobiliaria, que junto con otros grandes disparates y latrocinios nos ha llevado hasta aquí, y entramos en una gran sala de fiestas dedicada al turismo que nos va a llevar a algo semejante. Se vuelve a cumplir el dicho de que el hombre es el único animal que tropieza 500 veces en la misma piedra o aquel otro de que salimos de “matamala” para meternos en “matapeor”. ¡Pero qué gentuza y qué cachondeo! Estas ideas no llegan ni siquiera a nivel de república bananera. Aunque claro, con semejante calaña, qué vamos a esperar.

Pero vamos a ver, ¿cómo puede ser que nadie apueste por proyectos basados en la ciencia, en la tecnología, o en la cultura?, ¿cómo puede ser que la más importante financiación pública vaya a parar en manos de unos magnates para hacer más dinero con la excusa de que se van a crear muchos puestos de trabajo? ¡No me lo puedo creer! No me puedo creer que se dejen de atender sistemas que funcionan para apostar por centros de diversión que van a durar unos años sin dejar una base sólida para el futuro. Más allá de la catadura moral del asunto (en la que no entro), de la carga política del tema (que no me interesa), yo me pregunto si a alguno de ustedes se la había pasado por la cabeza que el gran proyecto para sacar a este país de la crisis y lanzarlo al futuro serían casinos y atracciones.

Aquí el amigo Adelson viene sobre todo con la clara intención de crear empleo, de ayudar a la economía del país y de promover acciones sociales y benéficas de las que tanto estamos necesitados. ¡Manda pelotas lo que hay que oír! Y todo ello consentido, impulsado y financiado por las autoridades con la señora Aguirre a la cabeza, abanderada y guía de un pueblo sumido en la depresión y al que quiere sacar del letargo a base de juerga y diversión. ¡Qué mejor receta! Y puestos a quebrantar o modificar las leyes ya sabidas, yo propondría alguna más para crear más puestos de trabajo. Además de tabaco, estaría bien barra libre de alcohol, coca y meretrices por todos los casinos de este país. La banca se lleva el dinero y los clientes el placer en sus cuerpos serranos. Verás que llenazo. Las Vegas se quedarán para cuatro pelagatos americanos.

En fin, todo esto no ha hecho más que empezar y seguro que me da para escribir más capítulos que en Falcon Crest. A buen seguro que se van a crear puestos de trabajos que vienen muy bien, pero alguien me puede decir ¿qué hacemos con todos los jóvenes que están estudiando la secundaria y en la universidad?, o ¿para qué va a estudiar un chaval una ingeniería?, pongamos por caso, ¿para llegar a ser crupier, recepcionista o matón de seguridad? ¡Qué pena!, se echa abajo todo un sistema educativo por un lado y se crea el gran circo mundial de la diversión por el otro. Pan para hoy y hambre para mañana. Como siempre. No aprendemos nunca.

No queda otra y ante tanto despropósito, habrá que reinventarse. Voy a hablar con mi colega el burro Bruno para proponerle una gran idea. Si en Las Vegas te casa Elvis, aquí vamos a crear lo más de lo más: bodas en las que te case Manolo Escobar. Voy a patentar la idea antes que me la quite algún espabilao.

Rucio




27 jun 2012

Los niños y el pájaro


Cada vez que voy al centro del pueblo en el que vivo, a comprar o a resolver el interminable papeleo al que nos vemos abocados, suelo pasar casi siempre por la misma calle. En esta calle hay varios bancos, tiendas, bares, supermercados y una guardería. Muchas veces, sobre todo cuando paso por allí a media mañana, me detengo unos minutos y observo a los pequeños que juegan en el parque que hay delante de ese parvulario, como se decía antiguamente. Supongo que ninguno de los niños que se rebozan por la arena o se tiran de los columpios como si fueran Indiana Jones pasan de los tres años y es todo un espectáculo verles deambular por el patio. Imagínense las escenas que se pueden dar entre 40 o 50 pequeñajos en un rato. Otro día con más tiempo me detendré en contarles alguna que otra anécdota. Merecen la pena, se lo aseguro.

El caso es que el último día que pasé por allí, me detuve y miré a esos enanos tan divertidos, preguntándome qué será de todos ellos dentro de 15 o 20 años. “No tienen ningún futuro, les están o les estamos quitando toda posibilidad de un futuro medianamente normal”, pensé rápidamente invadido por una tristeza descomunal. Si este tinglado de sociedad que nos están creando sigue así, les espera una educación muy precaria, cada vez más vacía, más politizada y más injusta. Una educación, que lejos de formar auténticas personas, educará gente cada vez más conformista, menos crítica, más pasiva, aceptando que todo esto es así, porque así nos lo han pintado.

Cada curso que vaya pasando, se van a encontrar con colegios e institutos con menos maestros, menos profesores, pocos recursos y nada de interés en una educación absolutamente estigmatizada por tanto político analfabeto y manipulador. Los alumnos que consigan llegar a la universidad, y se la puedan pagar, será a costa de un esfuerzo económico digno de la mejor y más pudiente élite. Y todos aquellos que acaben la secundaria se van a encontrar un abanico de posibilidades de trabajo tan raquíticas como en la posguerra.  ¡Qué pena, la verdad! ¿Cómo es posible que la ambición desmesurada y la mala calaña de unos cuantos hayan aniquilado el futuro de una o varias generaciones?

Afortunadamente, estos pequeñajos están dedicándose a su principal ocupación, -el juego-, sin saber y sin pensar en la pandilla de políticos corruptos, en la tropa de jueces incompetentes, en la manada de banqueros chorizos que rigen nuestros destinos o en un elemento económico nuevo llamado prima de riesgo, que maldita la gracia nos hace saber al resto de los mortales en qué consiste. Aunque difícil, ojalá no lleguen a conocer toda esta situación tan esperpéntica, que mucho me temo, les va a llegar todavía en peores condiciones que a nosotros.

Cuando era un burro jovencito, los burros mayores siempre me decían, - seguro que a ustedes también – “estudia, trabaja duro y tendrás un buen futuro”. ¿Qué se supone que les tenemos que decir ahora a los pequeños que juegan en el parque? No lo sé, algo así como “estudia, trabaja duro, y a ver si tienes suerte y te gobiernan políticos decentes, jueces justos y banqueros honrados", porque si no es así, hagas lo que hagas, tu vida siempre estará en manos de gente indeseable.

Curiosamente, esa misma mañana cuando llegaba a casa dándole vueltas a todos estos pensamientos, me encontré con un gorrión recién salido del nido. Estaba en sus primeros intentos de vuelo, revoloteando por el suelo y pegándose contra las paredes. Asustado ante tan importante empresa, el reto más importante de su vida. Por delante le quedaban horas y días de perfeccionamiento. Y comparándole con los niños que observaba antes, pensaba que aunque también le afecten leyes medioambientales, o el cambio climático – que ni siquiera sabe lo qué es -, al menos tiene la suerte de poder volar libre, buscar su comida y vivir sus días de manera muy parecida a sus padres, abuelos y bisabuelos. Sin nadie que le gobierne de ésta o ésa manera según estúpidos ideales totalmente alejados del sentido común.

Me alegré por el pajarillo, la verdad, por la vida normal y feliz que espero disfrute al igual que sus antepasados. Pero a su vez, me dio mucha pena por los niños que crecen y juegan hoy en los distintos parques. Porque los mayores – sus padres y abuelos, en definitiva - se empeñan día sí y día también en robarles el futuro a cambio de un egoísmo infame, de una ambición malsana y de una mala baba insoportable.

Rucio

26 abr 2012

Engaño político total

                    
     
Lo sé. Llevo mucho tiempo sin asomarme a esta ventana, pero no quería escribir una y otra vez sobre lo mismo. Una actualidad más oscura que el pozo de una mina. Tengo mil cosas en esta cabeza tan grande y tan llena de orejas, pero no me sale ponerme delante del ordenador cuando lo único que siento desde hace meses es pena, desolación, frustración, tristeza, desanimo, abatimiento, desconsuelo y todos aquellos adjetivos que estén relacionados con una desesperación que me sobrepasa en el momento en el que veo un telediario, escucho una radio o leo un periódico. Por eso, cada día procuro hacer estas actividades en su muy justa medida, para evitar sentir más desprecio del que ya tengo por el ser humano. De verdad que no quiero sentirlo, pero es imposible dada la mala calaña de las personas que en determinados casos nos rodean y en la mayoría nos gobiernan.

No sé en qué sentido irán saliendo de mi mente las próximas líneas que van a leer, pero ya les aviso de antemano – como he hecho varias veces anteriormente – que van a tener poco de amable y mucho de cabreo desbordante. Bien saben, que cuando la gota colma el vaso el agua se derrama cual torrente, así que a tiempo están de dejar la lectura. Sólo expreso mi opinión, respeto la de todos y no intento convencer a nadie. Ya somos todos mayorcitos.

Siempre hay un justo en Sodoma, lo sé, pero desde hace mucho tiempo pienso que la política es un ejercicio de engaño permanente. No me baso en suposiciones, sólo hay que echarles un vistazo a los titulares de los periódicos para darse cuenta de que los gobernantes y políticos, de todo pelaje y condición, mienten más que hablan. Que mientan en las vomitivas campañas electorales ya casi es lo de menos, pero que jueguen con la dignidad de las personas a diario, como está ocurriendo ahora, es de una repugnancia que traspasa cualquier límite.

Llevo semanas y semanas mordiéndome la lengua, diciéndome, Rucio no adelantas nada con escribir sobre tantas barbaridades que dicen una y otra vez sin el menor reparo, pero ha llegado un momento en estos días que ciertas informaciones y comentarios han hecho que me salte el pistón de mala manera. Así que, compréndanme, estoy que me subo por las paredes de mi pradera, ahora que la tengo tan verdecita después de las últimas lluvias.

Que conste que todos tenemos nuestra parte de culpa y no se salva nadie, ni el apuntador. Yo mismo, sin ir más lejos, por mucho que aquí rebuzne soy tan culpable como el que más de hacer o permitir según qué cosas. Eso sí, hay culpables y culpables. Algunos merecen una reprimenda o un cachete y otros merecen ir derechitos a la cárcel.

Después de que el anterior gobierno “sinsustancia”, que no sabía ni por donde le venía el aire, nos vendiera a los famosos mercados, viene ahora un nuevo ejecutivo y nos trata como verdaderos estúpidos quitándonos la poca dignidad que nos quedaba y faltándonos al respeto en cada una de sus declaraciones. Pidiendo unos esfuerzos que ellos no han hecho ni harán nunca y mintiendo constantemente y en todo. No sé, ¿me puede decir alguien qué esfuerzo están haciendo los políticos y altos cargos de este santo país? ¡Cómo tienen la poca vergüenza y el mucho cinismo de pedir un esfuerzo continuado y extenuante siempre a los mismos colectivos cuando están demostradas una y otra vez (aunque lo nieguen) sus mentiras, su casos de corrupción, sus abusos de poder, sus influencias! Si quieren recordamos algunos ejemplos: el caso campeón, los eres andaluces, Gürtel, trajes de Camps, Urdangarín y su suegro el cazador , González, Aznar, Zaplana, Salgado – qué crack esta señora - y Acebes trabajando para superempresas privadas en una devolución de favores. La lista es interminable y bochornosa.

A lo anterior, sumemos los muchos casos de contrataciones a dedo; sin ir muy lejos los hijos de Zaplana y Aguirre como asesores de secretarias de Estado o la hermana de Aguirre como asesora del ayuntamiento de Madrid. ¡Menudas oposiciones tiene que pasar esta gente, eh! Por cierto, el cinismo enfermizo de la lideresa madrileña no tiene nombre, pues poniendo a trabajar a su familia ataca una y otra vez a maestros y trabajadores públicos que ella misma aseguraba con mucho aplomo , atención, que "están contratados a través de enchufes" que resultan ser imposibles y demostrables. ¡Con un par! O no nos enteramos o no se enteran ellos, pero es que los políticos, salvo raras, contadas y justas excepciones, no tienen legitimidad para pedir nada a nadie cuando ellos – de todos y cada uno de los signos políticos - son ejemplo de todo lo contrario.

En cuanto a la educación y la sanidad qué les voy a contar que no sepan sus bolsillos y sus hijos. En fin, sin comentarios. Que cada cual se crea lo que se quiera creer. En sanidad se abre la puerta para convertir a los pacientes en clientes y ciertas empresas ya empiezan a frotarse las manos mientras ustedes y yo pagamos hasta por sentarnos en la sala de espera de un hospital. Será por el desgaste de silla y suelo, que decía Gila. Y en educación, dice mi primo el ministro que con estos recortes la calidad educativa no se resiente. ¡Olé y olé! Es como si el médico te dice, por poner un ejemplo, que a partir de ahora como no tienes dinero para comprar carne, pescado, fruta o verdura, tu dieta solamente va a consistir en patatas fritas y café. Claro, a corto plazo no te mueres de hambre, pero en unos días tu calidad alimenticia se resiente y tu estómago explota. La educación y la formación son claves, y a este paso van a quedar más arrasadas que la cosecha al paso de una plaga de langosta.

Hay cosas que no son tolerables y aquí estamos cruzados de brazos, viéndolas venir y diciendo, pensando o deseando que a mí no me toque. Pero amigos, al contrario que la lotería, esta realidad siempre toca. Y ya les garantizo que, si comparamos, el gordo de Navidad se queda corto.

Esto sucede con el partido que gobierna actualmente, pero el que gobernó antes tiene tanta o más culpa por acciones similares. Ponerle la alfombra a Europa, a los mercados y al FMI tiene un precio que vamos a pagar durante varias generaciones. Por cierto, que este último organismo, el fondo monetario, está preocupado por el “riesgo” de que la gente viva más. A más viejos y más tiempo viviendo más dinero en prestaciones. Algo que es toda una “complicación política” para los gobiernos. Y es que ya se sabe que la gente tiene la mala costumbre de vivir todo lo que pueda. ¡Virgen Santa! ¡Vivir para ver! Como me decía mi colega el burro Bruno ayer en un tono muy afectado – con lo cachondo que es él – “Rucio, pero ¿es que la gente no se da cuenta?” “¿De qué?” – le pregunté intrigado – Y acercándose y mirándome muy serio me contesta: “ Rucio, joder, que nos están quitando lo bailao”.


Rucio

8 mar 2012

Sara











“Rucio, estoy agotada”, -me contestó ella-.


Ayer por la noche estaba en casa con una sensación de intranquilidad. “Será por las buenas noticias que nos lanzan cada día los medios”, -pensé en un intento de buscar alguna respuesta-. Así que como no hallaba ningún remedio para evitar esa sensación un tanto extraña me lancé a la calle a dar un paseo, aunque ya era tarde. “Un poco de aire en las orejas no me vendrá mal”.


Sara se despertó esa mañana bastante antes de que sonara el despertador. Estaba nerviosa porque su hija pequeña no paraba de toser. Ya se le estaba pasando el fuerte resfriado que había tenido los días anteriores. Parecía que la fiebre había desaparecido, pero la tos apenas la dejaba dormir. Abrió la puerta de la habitación de sus hijas y comprobó que ambas seguían dormidas. “Buena señal, -se dijo a sí misma-, a ver si hoy puede ir al colegio”, y tras ponerse una chaqueta encima del pijama se dispuso a preparar el desayuno, así como los pequeños bocadillos junto al zumo para el recreo de las chicas.


Acto seguido y con el mismo mecanismo tantas veces empleado cada mañana, limpió la cocina, ordenó el salón y dejó listo el baño para cuando despertara a las niñas. Como las chicas se habían bañado la tarde anterior, tras vestirlas y pasar por el correspondiente aseo y peinado, sólo quedaba desayunar, recoger las mochilas, que ya tenían preparadas, y subir al coche para ir al cole. Ella siempre aprovechaba unos minutos antes que las niñas se despertaran para ducharse y maquillarse. Y cuando apenas faltaban cinco minutos para salir de casa les decía que se fueran preparando, mientras acababa de ponerse los zapatos y recogía su bolso y el material para el trabajo. Sonia, la mayor ya era muy responsable y siempre estaba pendiente de su hermana.


De camino al colegio comprobó que Laura ya casi no tosía, y deseaba con todas sus fuerzas que no pasara una mala mañana. Los días anteriores su abuela había venido a casa para cuidarla mientras ella estaba en el trabajo. Y es que su suegra es un sol y le ayuda a Sara y a las niñas todo lo que puede y más.


No te preocupes -le dijo la maestra-, estaré pendiente, pero seguro que ya está recuperada y juega con sus amigas con normalidad”. Quince minutos después entraba en la oficina para empezar el trabajo del día. Tras saludar a sus compañeros, lo primero que hacía al llegar era levantar el teléfono y llamar a su marido que entre semana estaba a 300 kilómetros de casa trabajando para una empresa de hidrocarburos en Puertollano. Como consecuencia de la crisis a Julio le habían trasladado a otra sede y durante la semana Sara tenía que llevar toda la responsabilidad. Menos mal que los fines de semana estaba él y se ocupaba de lleno de casi todo. “Te echo de menos", -dijo en voz baja-, mientras colgaba el teléfono.


Su mesa rebosaba pedidos, facturas, notas y proyectos. Sara es la encargada de toda la administración de la empresa de suministros de fontanería para la que trabaja y aunque se lleva bien con su jefe, hace un mes tuvieron una fuerte bronca cuando despidió a su compañera de oficina. Ahora todo el papeleo para ella sola era una montaña difícil de abordar y así pasó la mañana, entre documentos, llamadas de teléfono y rápidos vistazos al reloj que tiene en la pared, pensando en sus hijas y su marido y en la salud de su madre.


Ni siquiera esperó a que se apagara el ordenador cuando a las 2:00 de la tarde salía para comer. Ella se arreglaba con poco e incluso su suegra le llevaba muchas cosas preparadas, pero antes tenía que pasar por el supermercado para la cena. Cargada de bolsas, llegó a casa y no tardó más de diez minutos en colocar la compra y en comer. Volvía a mirar el reloj, cuando entraba de nuevo en el coche, para ir a casa de sus padres.


“¿Qué tal ha pasado la noche?”, -le preguntaba a su padre mientras cerraba la puerta-. “Regular”, -le contestó él, con aire cansado y una clara señal de no haber dormido reflejada en su cara. Sara miraba a su madre sentada en el sofá mientras dejaba el abrigo y el bolso en una silla del salón. Se acercó y la besó, aunque ella apenas la reconocía. Volvió la vista hacia su padre, de nuevo, y sintió mucha emoción. Estaba orgullosa de él, pues cuidaba de su madre como si se tratara de un auténtico enfermero, 24 horas al día desde que enfermó de Alzheimer. Por eso se pasaba a ver y a ayudar a sus padres siempre que podía. Esta enfermedad es una carga demasiado pesada. Tras la comida y un poco de limpieza junto a su padre, los tres descansaron unos minutos, poquito tiempo para lo que le gustaría quedarse a Sara. Pero las niñas estaban a punto de salir del colegio.


“Vete ya, -apremiaba su padre-, y dales un beso”. Un ratito después, Sara y las chicas llegaban a casa de sus suegros. Sentía mayor alivio al comprobar que la pequeña Laura apenas tosía y su carilla estaba más risueña y alegre, con los ojos vivarachos de siempre y ganas de comer la estupenda merienda que todas las tardes les preparaba la abuela. Ella debía volver al trabajo, la mayor se iría con su abuelo a la clase de música y la pequeña se quedaría en casa jugando y disfrutando con la abuela Inés.


La tarde siguió siendo un no parar de hablar por teléfono y hacer facturas hasta que a las 8:00 colocó uno de los muchos archivos que tenía en la estantería, apagó el ordenador y cerró la puerta de la oficina. Cuando llegó a casa y se quitó los zapatos tras recoger de nuevo a las niñas en casa de los abuelos, se dejó caer en el sofá y sintió un cansancio desmesurado. Parecía como si hubiera perdido la sensación de la realidad por un momento, pero enseguida se dio cuenta de los gritos de las chicas en la habitación, intentó olvidarse de la paliza que tenía su cuerpo y subiendo la escalera les dijo que se fueran preparando para el baño. Ni siquiera se puso unas zapatillas y descalza como estaba, preparó la cena rápidamente mientras las pequeñas jugaban en la bañera. Cenaron las tres juntas riéndose de las cosas que les habían pasado durante el día y después de media hora de dibujos en la televisión las metió en la cama. Al apagar la luz de la habitación, Sara sintió una mezcla de enorme cansancio y de pequeña felicidad.


Cuando acabó de recoger la cocina, ató la bolsa, cogió las llaves y ya en la calle, se dirigió al contenedor de basura más cercano a su casa. Fue en ese momento cuando nos cruzamos, yo en mi paseo nocturno y ella de vuelta a su precioso hogar. “¿Qué tal todo, Sara?", -la pregunté según me acercaba-. “Rucio, estoy agotada”, -me contestó ella-.


Tras una breve charla nos despedimos cordialmente, como siempre. Sara subió las escaleras de su casa y yo seguí con mi paseo, mientras pensaba lo mucho que admiraba a esta chica y a todas las mujeres como ella.

Rucio

(Para todas las mujeres. Porque se lo merecen)
















1 feb 2012

La ilusión de Raúl






Hace unos días estaba como tantas otras tardes en el bar de César, tomando una cerveza con mi colega el burro Bruno, cuando entró un chico y se sentó en el taburete más cercano a nosotros. Me quedé mirándole un momento, pues traía un aire cansado, fatigado, y su cara reflejaba una profunda decepción acompañada de abundantes ojeras que parecía había acumulado durante varias noches de mucho velar y poco dormir. Contrastaba con ocasiones anteriores en las que entraba lleno de energía, se tomaba el café en un par de minutos y salía dispuesto a seguir con el trabajo de la tarde hasta acabar su jornada. Nunca habíamos cruzado ninguna palabra, pero nos conocíamos de vista, aunque solo fuera por coincidir en el bar.


Bruno se fue más pronto de lo habitual, pues había quedado con el fontanero para que le arreglara un grifo de su casa, así que allí me quedé apurando mi cerveza y pensando en qué podría rondarle en la cabeza al chico que acababa de coger una caña con una mano mientras con la otra no paraba de frotar su frente, despacio, en un claro intento de quitarse los pensamientos que fustigaban su ánimo sobremanera.


Eché mano al periódico que tenía delante, en la barra, y busque alguna noticia que no me hiciera saltar del taburete y maldecir en arameo. Fue justo en ese momento cuando el chico dijo sus primeras palabras: “Nos están arruinando la vida estos sinvergüenzas”. Levanté de nuevo la vista y vi que estaba mirando fijamente la televisión que teníamos casi enfrente hacia la izquierda. Parecía que sus ojos traspasaban la pantalla, intentando descifrar el titular que se leía en un canal de noticias y que ponía algo así como que “el gobierno abre la puerta a retrasar la edad de jubilación más allá de los 67 años”.


El chico cogió su cerveza y su expresión delató que estaba bebiendo uno de los tragos más amargos de su vida. “¡Esto es el mundo al revés! ¡Cómo pueden estar pensando en retrasar la jubilación cuando el gran problema lo tenemos la gente de 30 años!”, dijo en tono resabiado, dirigiéndose a mí.


A partir de ahí, Raúl, que es como se llama este joven, me contó su peripecia. Acabó sus estudios de grado superior de carpintería y al poco tiempo le cogieron en una de las grandes superficies, a media hora de su casa, que habían abierto en aquella época. Poco a poco se fue haciendo un hueco en la empresa y después de cinco años le ascendieron a encargado, pues era de los veteranos. Ahora y tras casi nueve, le acababan de despedir. Amparándose en la crisis y en una de esas misteriosas reestructuraciones empresariales, más de cien personas se habían ido a la calle, entre ellas bastantes encargados. Y es que ya se sabe que hay empresarios capaces de sacar adelante el mismo trabajo con la mitad de la plantilla.


Desde que le despidieron, llevaba más de una semana sin salir de casa, hasta que su mujer fue capaz de convencerlo para que se levantara del sofá, se diera una ducha y cruzara la calle para entrar en el bar. Serio, eficiente y profesional, lo sabía todo sobre maderas, molduras, marcos, barnices. Nada relacionado con la noble madera se le resistía, e incluso varios arquitectos reconocidos de la zona le pedían más de un consejo. Nada de eso ya valía. El dinero está por encima de la capacidad de las personas.


“No te preocupes, al menos tendrás dos años de paro y esto algún día cambiará”, -le dijo el burro más pesimista, al tío más derrotado en kilómetros a la redonda, en un intento de animarle-. “Te equivocas”, -me contestó-. “Es imposible que esto cambie viendo que no hay nada que se haga para bien, ni en España, ni en Europa, ni en ningún sitio. Por mínima que sea, ni una sola medida se hace de maneja lógica para los que somos mortales. La vida es un cuento narrado por un idiota, -continuaba, citando a Shakespeare- mientras miraba al suelo. Va a ser totalmente imposible. El egoísmo del ser humano no tiene límites. Y su estupidez tampoco”.


Le pedí otro par de cervezas a César, mientras Raúl me seguía hablando se su situación personal. Que alguien te escuche suele ser el mejor consuelo, y yo en escuchar soy un experto, aunque solo sea por el tamaño de mis orejas. Además, sus palabras y su manera de hablar indicaban una lucidez poco usual.


Justo antes de que la crisis saltará a los medios y desvalijara los bolsillos, él y su, por entonces, novia habían comprado un piso. Sabían que la zona donde ambos habían crecido era de las más caras, y no les quedaba más remedio que pagar un alquiler desmesurado o hacerse con una hipoteca desorbitada. “Es cierto que a nadie nos obligan a comprar un piso, -me decía apretando el vaso-, pero bien es cierto que es casi imposible vivir si no te unes a la corriente mayoritaria, y esa si te viene impuesta por el político, el empresario y el sinvergüenza de turno empeñado en diseñar este corral a su modo y manera para tener al ganado bien controlado y su bolsillo y posición bien asegurada”.


“Mi mujer es maestra interina y tras años de trabajo ahora solo de dan para sustituciones. Así que si no trabajamos seremos pasto de desahucio. Y ya se sabe que hoy, el paro es ese fantasma negro que recorre las calles de este país como lo hacía la peste en la Edad Media”, -se lamentaba mientras apretaba los labios y respiraba hondo-.


“¡Qué ironía!, ayer decía un imbécil contertulio de la radio que el que tiene trabajo es un privilegiado. ¡Qué palabras tan bien barnizadas de engaño permanente! ¿Desde cuándo trabajar es un privilegio? Que yo sepa un trabajo bien regulado es un derecho. ¡Cómo puede hablar alguien de privilegio sabiendo que hay gente trabajando 10 o 12 horas por un salario mínimo! ¡De qué estamos hablando!”, -decía mientras abría las manos esperando mi aceptación a la que yo correspondía con un movimiento afirmativo de mi cabeza-.


Raúl pidió otras dos cañas mientras acercaba el taburete a la barra, señal que me hizo entender que se encontraba más a gusto al soltar la rabia que llevaba dentro. Continuó hablando a la vez que se tocaba las pulseras de cuero que tenía en su muñeca derecha. “Ese futuro que tan bien pintan y que decían que era nuestro hace diez años ha caído al más oscuro de los abismos, y la poca esperanza que nos queda se ha borrado de un plumazo por tanto egoísmo, corrupción y falta de honestidad. Lo poco que teníamos la mayoría, que era la esperanza en un futuro mejor, se esfumó en forma de especulación mercantil, y esta gente nos está quitando lo que nunca le puede faltar al ser humano: la ilusión”.


Tras otro rato de charla, miró su reloj mecánicamente sin darse cuenta de la hora que ponía, se puso en pie y metió la mano en el bolsillo para pagar. “No, -le dije- hoy la cuenta va a cargo de este burro prejubilado que tiene el privilegio de no tener que trabajar más por dinero y de escuchar a un buen tipo que tiene toda la razón”.


Se dio la vuelta despacio en dirección a la puerta, pero antes de echar a andar me dijo una cosa que jamás olvidaré: “nunca acepté la frase de que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero estoy empezando a dudar. Creo que el futuro dejó de existir hace muchos años”. “No te preocupes, -le contesté-, cualquier tiempo pasado fue anterior, y el secreto consiste en seguir adelante. Sea como sea”.


Me dio una palmada con la que me expresaba su gratitud por escucharle y salió del bar apretando los dientes y con el paso un poco más decidido.


Rucio






5 ene 2012

Queridos Reyes Magos:






Queridos Reyes Magos:


Ya sé que soy un poquito gruñón y cascarrabias, pero en el fondo soy un burrito bueno, así que aprovechando que esta noche pasarán por aquí a dejar muchos regalos y juguetes a todos los niños quiero entregarles mi carta para que la lean con tiempo, y en la medida de sus posibilidades, me concedan alguno de estos deseos. Ya les digo por adelantado que dado el calibre de los mismos, la tarea que les espera es harto difícil, pero como ustedes son magos, ya solo nos queda recurrir a su bondad. Nadie es capaz de poner ninguna solución a esta catástrofe cotidiana en la que nos vemos abocados a vivir.
En primer lugar, me gustaría cambiar a todos los políticos que nos gobiernan, pero como sé que eso no es posible, desearía que solo dijeran mentiras piadosas, que solo robaran los bolígrafos de las oficinas, y que solo fueran corruptos en las novelas de John Le Carré. Desearía que cada día que entren por la puerta del ayuntamiento, de la diputación, del ministerio o del Palacio de Congresos piensen en todos y cada uno de los ciudadanos como si fueran miembros de su familia y que los favoritismos hacia sus cuatro amigos los dejen para cuando jueguen al monopoly. Que los recortes los hagan con las figuras de Bob Esponja, jugando en la alfombra con sus hijos y que las medidas que tomen afecten o beneficien por igual al ejecutivo de Telefónica o al parado que mira al sol desde hace un lustro.
Me gustaría que los banqueros y los grandes empresarios transformaran su egoísmo infinito en progreso real y que sintieran que los bolsillos llenos son un peso innecesario que cada día les hará más infelices. Desearía que los especuladores que ahora afloran en este río revuelto no jueguen nunca más con la comida y con la vida de tantos seres humanos que mueren de hambre en África sin ni siquiera saber por qué.
Ojalá que la educación deje de ser arma arrojadiza y se transforme en arma de futuro. Que le den la importancia que merece, teniendo en cuenta que la formación es la base de toda persona y la capacidad de aprender esa fuente infinita que nos allana el camino y nos mantiene la ilusión en lo más alto.
Desearía con toda mi alma que el mayor miedo que pudiera sentir una mujer con respecto a un hombre tuviera lugar en el momento en el que se le rompe una uña porque su chico la ha abrazado con fuerza. Que palabras como violencia o machismo desaparezcan de los informativos, de los juzgados y de tantos y tantos hogares.
Me gustaría que los inmigrantes sientan nuestro país como lugar del mundo donde nadie tiene la exclusividad de ser el único propietario. Que nadie se sienta extranjero en ninguna parte y que nadie mire al desconocido como un ser de otro planeta, demostrando honradez y honestidad por parte de todos y a partes iguales.
Que los parados perciban la falta de trabajo como una especie de merecido descanso, de alto en el camino, de recogida de fuerzas para una ocupación que colme sus aspiraciones lo antes posible.
La lista de deseos es larga y me quedan muchos, pero el saco de peticiones de Sus Majestades ya rebosa, así que permítanme un último deseo: qué más allá de los juguetes que tengan los niños, que ninguno de ellos sufra más explotación laboral y ésta se transforme en una oportunidad de vivir con la mayor libertad.
Gracias por atender mis ruegos y que a pesar del intenso trabajo, la noche sea apacible.

Ruciete (6 años).


Como ven, el burrito radical de otras ocasiones se ha transformado por una noche de especial ilusión en el burrito pequeñito que algún día fue. Un día blandito lo tiene cualquiera.