
Aquellos de ustedes que se asoman a esta página saben que desde que me prejubilé me dedico a labores algo más intelectuales. Lo que no sabía cuando me metí tan de lleno era que además de estar todo el día entre libros y manuales era necesario presentar tanto papeleo en el registro de la delegación de educación. Esto de estudiar supongo que está muy bien, cultiva y abre las mentes, pero como ahora todo va por cauces oficiales, con matrículas, registros y certificados paso más tiempo en la delegación que en el prado de mi pueblo donde pasto y trisco, tan alegremente, cuando me dejan mis varias ocupaciones.
El caso es que hace unos días estuve por allí. Tenía que entregar unos documentos y cuando llegué ya había unos cuantos mozos y mozas esperando en la ventanilla correspondiente. Según pude comprobar, todos ellos eran profesores que se disponían a entregar la documentación necesaria para poder presentarse a las oposiciones. Y es que últimamente estoy muy puesto en el tema educativo. Algún buen amiguete es profesor, y como el instituto y el bar donde toman café los profesores queda al ladito de mi choza, muchas de las cosas que lanzan por esa boca pecadora llegan hasta mis formidables orejas.
A lo largo de las diferentes entregas han podido apreciar que mi concepto sobre el género humano no es demasiado bueno. Más bien al contrario, los humanos siguen en caída libre debido a su egoísmo, falta de escrúpulos y deseo desmesurado de poder y figurar que no lleva a ningún sitio. Sin embargo, cuando estaba esperando pacientemente mi turno en la cola de la ventanilla asistí a un momento de esos que te reconcilian con las personas y te hacen pensar – menos mal – que todavía hay gente que merece la pena en este mundo.
Uno de los chicos que allí aguardaban no estaba muy puesto en el tema. Le faltaba información, no tenía todos los datos necesarios, algunos de sus papeles no los llevaba bien escritos y hasta carecía del bolígrafo de tinta negra con el que hay que rellenar las instancias. En el momento que preguntó a una de las conserjes por algunos de los datos que necesitaba, los que estaban a su alrededor se percataron inmediatamente de todas las cosas que el chico no llevaba en orden.
En ese mismo momento llegó una señorita de uno de los sindicatos de enseñanza - experta en el tema- para informar y resolver posibles dudas y problemas. Porque esa es otra, según pude observar, para rellenar todas esas instancias, y saber qué y cómo tienen que entregar los documentos hace falta, como mínimo, una diplomatura en gestión. ¡Madre del Amor Hermoso! Todavía no salgo de mi asombro. En la hora larga que me tocó esperar en la cola escuché que tenían que entregar, - atención - , instancias perfectamente rellenadas, firmadas y pagadas, con sus datos, sus códigos, su experiencia laboral, cursos de formación, méritos y no sé cuantas cosas más que no tengo ni idea de qué iban. Vamos, que poco más y les piden un análisis de sangre, un electrocardiograma y un tacto rectal. Y como sigamos a este paso, todo se andará.
Como les decía, en el momento en el que la chica del sindicato le resolvió las dudas al chico novato, y sin que él lo pidiera, la gente de su alrededor, viendo el trance en el que estaba, le fue ofreciendo ayuda. Alguien le pasó una instancia en blanco que le había sobrado, un par de chicas le proporcionaron unos códigos, otra le pasó el bolígrafo negro, y así, poco a poco el chaval fue saliendo del aprieto.
Ay qué ver, me dije momentos antes de que me tocara mi turno. Ahí los ves, ninguno de ellos sabe nada del otro y, sin embargo, casi todos le han prestado ayuda con la mayor naturalidad y normalidad del mundo. Es posible que hasta compitan por la misma plaza y no les ha importado lo más mínimo. Todos ellos entendían que se compite de otra manera. De verdad que me alegró el corazón y la mañana presenciar algo que no se ve demasiado y que se supone que los humanos deberían practicar día a día. No sé si en los tiempos que corren todavía vale lo de "hoy por tí, mañana por mí", o aquello otro de "arrieros somos y en el camino nos encontraremos". Y tengan por seguro que a lo largo del camino nos vamos a acabar encontrando.
He de decir que hasta la señorita que estaba al otro lado de la ventanilla destacaba por su amabilidad y buen trato, pues es habitual encontrarse con personajes que suelen desayunar vinagre en cantidades industriales. Yo acabé muy rápido, un par de sellos en mis papeles (tan contundentes que hicieron temblar el mostrador) y a otra cosa, mariposa. Pero no pude por menos de sonreír cuando de vuelta dejaba a los profesores esperando su turno, papeles en mano.
Rucio


