En un lugar de la Estrema y Dura, de cuyo nombre no quiero olvidarme, no ha mucho tiempo que una gran señora, de nombre Doña María de la Guardiola, gobernadora de aquellas ínsulas de secano y dehesa, ha puesto en gran alboroto a toda la vecindad con voces de encantamento y malas artes.
Sucedió, pues, que en la villa de Fuente de Cantos, unos malandrines de los que por el oro y no por la honra se desviven, asaltaron el palacio de las Postas, llevándose consigo una arca donde se custodiaban, no doblones de a ocho, sino algo de más precio para los hombres libres: las cédulas de papel donde los súbditos expresan su voluntad de quién ha de regir sus destinos.
Apenas hubo noticia de que ciento y veinticuatro de estas cédulas habían volado por los aires como si de magia de Merlín se tratase, cuando la susodicha Doña María, encaramada en su estrado y con el rostro demudado por el espanto, comenzó a dar voces al cielo, diciendo:
—¡Oh, traición! ¡Oh, pucherazo de los más negros que vieron los siglos! Ved, señores, cómo nos roban la libertad delante de nuestras propias barbas. No son cacos de tres al cuarto los que tal maldad cometen, sino ejércitos invisibles que pretenden derribar los cimientos de nuestra república.
Y ansí, como aquel caballero de la Triste Figura veía gigantes donde no había sino molinos de viento, la gobernadora veía en un latrocinio de taberna una conjura universal para quitarle el mando. De nada sirvieron las razones de la Santa Hermandad —que agora llaman Guardia Civil—, quienes con mucha flema y poco romance aseguraron que los ladrones buscaban los cuartos y no las papeletas, y que el suceso era cosa de delincuencia común y no de sutiles encantadores.
Pero Doña María, firme en su desvarío, se negó a concurrir a la justa de palabras y razones que llaman "debate", dejando su silla vacía y la palabra muda, prefiriendo la soledad de sus aposentos para seguir tejiendo sospechas contra el voto que viaja por los caminos.
¡Válame Dios, y qué de ruidos se oyen por aquellas tierras de conquistadores! Dicen los unos que es miedo a perder la vara de mando; dicen los otros que es astucia para mover al vulgo. Sea como fuere, la democracia extremeña se halla hoy como Don Quijote tras la paliza de los yangüeses: maltrecha de sospechas, apaleada por las palabras y esperando que el domingo, día de la gran batalla de las urnas, los ciudadanos pongan cordura donde hoy solo hay estruendo de pucherazo imaginario.
Mas no se detuvo allí la zozobra, que siempre los males, cuando vienen, gustan de traer compañía, y a las voces de la señora Guardiola se unieron las de un gran caballero de las tierras del Norte, de nombre Alberto, el del apellido Nuñez, que por otros tiempos rigiera con vara de hierro las costas de la Galicia y agora aspira a ser el primer caudillo de todas las Españas.
Llegó este Don Alberto con semblante de gran juicio y gravedad, mas con palabras que eran como aceite en hoguera. Dijo y pregonó por todas las plazas que el robo de las cédulas no era lance de fortuna o ratería de camino, sino "hecho de extraordinaria gravedad que no admite silencio", como si el propio honor del Reino estuviera pendiendo de un hilo de seda a punto de quebrarse.
—¡Escuchad, vasallos y señores! —clamaba el caballero gallego desde sus atalayas—. Que nos ocultan la verdad en la Corte de Madrid. ¿Cómo ha de ser que se pierdan los votos y el Gobierno calle como si nada pasase? Aquí hay gato encerrado y artes de encantamiento que pretenden emponzoñar las fuentes de nuestra libertad.
Y ansí, mientras los alguaciles de la Santa Hermandad juraban y perjuraban que los ladrones solo buscaban el vil metal de las arcas y no los papeles del sufragio, Don Alberto y Doña María, a una voz y con un mismo sentir, seguían tocando a rebato. Parecían estos dos esforzados paladines querer convencer al vulgo de que unos simples salteadores de caminos eran, en verdad, una legión de magos oscuros enviados para alterar las cuentas y razones de las urnas.
No hubo rincón en la Extremadura donde no resonase el eco de sus sospechas, sembrando la duda entre los labradores y la gente de bien, quienes, confundidos, ya no sabían si mirar a las nubes buscando señales o cuidar sus zurrones por si el "pucherazo" fuese bicho que picase de noche.
Ansí queda la historia al punto de la batalla final: con los capitanes del Partido Popular agitando sus capas y clamando traición, mientras la justicia camina a paso de buey y el pueblo espera ver si el domingo sale el sol por donde debe, o si las artes de la sospecha acaban por oscurecer el cielo de la dehesa.
Que no hay mayor ciego que el que no quiere ver, ni mayor sordo que el que, ante la ley, prefiere escuchar los ecos de su propia desconfianza.
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