Como bien cuenta la serie El Ministerio del Tiempo, por mediación de un buen amigo, me paso por allí de vez en cuando y charlo un rato con Miguel de Cervantes. Sigue en plena forma y escribiendo. Esto me cuenta y escribe en su última crónica.
¡Oh, Lector Benévolo! ¡Válgame Dios, qué tiempos calamitosos son estos, cuajados de borrascas políticas y enredos de la Fortuna, que ni la pluma más acerada del mejor de los cronistas alcanzaría a describir con el debido donaire y verdad!
Os pongo en noticia, pues, de los recientes y desventurados sucesos que envuelven a la persona de Don Carlos Mazón, caballero de gran prosapia y de fresca renuncia al gobierno del Reino de Valencia, acaecida tras la funesta inundación, o DANA, que ha afligido a aquellas tierras.
De La Tormenta y El Caballero Ausente
Tras la ya bien sabida y lacrimosa catástrofe que a tantos ha dejado sin hacienda ni sosiego, y que a más de doscientos cristianos llevó al último viaje (¡que el Cielo los acoja!), la sombra de la culpa y el descuido se ha cernido sobre el dimitido.
Cuéntase, mi buen amigo, que en las horas más aciagas del temporal, cuando la riada se llevaba cuanto topaba a su paso, el entonces Presidente no se hallaba en el puesto de mando, sino en un agasajo campestre, dando contento a su apetito y a la sazón, según dicen, en compañía de una dama de la comunicación. Las lenguas viperinas, que son peores que el cierzo, no cesan de parlar sobre dónde estaba y a qué hora precisa llegó a su despacho; si anduvo a pie para simular presteza o si fue llevado en carroza por la dicha dama.
Y ¡ay, desdicha!, una de sus Conselleras, doña Salomé Pradas, que por su cargo lidiaba con el caos, ha salido a la palestra, entre lágrimas y suspiros, a declarar que se le dio orden de no importunar al Presidente en aquel crítico trance. ¡Tamaña muestra de desamparo y desidia, que clama justicia! El propio Mazón se excusa, asegura haber estado localizable, mas los testimonios y los recibos de las ventas de vino y manjares en la venta de El Ventorro hablan a las claras del tiempo que anduvo de sobremesa, ajeno al cataclismo.
El Enredo del Estipendio y el Aforamiento
Mas no acaba aquí el sainete de burlas, que la política es, en verdad, una comedia de enredo sin par. A pesar de haber dejado el gobierno, el buen Don Carlos mantiene su escaño en las Cortes, lo cual le confiere la gracia del aforamiento. ¡Ved qué sutil maniobra! Ello le escuda de tener que dar cuenta de sus actos ante la jueza que investiga el suceso, pasando por alto la indignación de los parientes de los difuntos y del vulgo.
Pero, esperad, que aún hay más. Sus conmilitones del Partido Popular, con ánimo de consolar su pena y premiar su negligencia (¡así paga el Diablo a quien bien le sirve!), le han otorgado la presidencia de una Comisión en las Cortes. Y, por este cargo, que dicen es de sombra y que no se ha reunido en cinco años ni se espera que lo haga, recibirá un plus pecuniario de más de seiscientos ducados al mes. ¡Un estipendio pingüe por un cargo de boato y nula faena!
Claro está que la oposición, que no da tregua, ha alzado la voz, tildando este nombramiento de burla desvergonzada y de premio a la inacción. Las gentes, por su parte, le piden que se quite el fuero y declare ante la Justicia, y no faltan las manifestaciones que, con cartelones y gritos, claman el “¡Mazón a la mazmorra!”
Epílogo de la Deshonra
Así andan las cosas en el Reino de Valencia, entre dimes y diretes, entre lágrimas de una Consellera y el sosiego de quien cobra sin trabajar. El pueblo, que no es tonto, se siente agraviado por la falta de decencia y la osadía con que se mofan de su dolor.
Este Don Carlos Mazón es, a fe mía, un verdadero espejo de cómo las grandes fortunas y los cargos de mando no siempre vienen acompañados de la virtud y el pundonor. ¡Ojalá la justicia, que es tuerta, acierte a dar con la verdad y se ponga coto a tanto desaguisado!
Miguel de Cervantes Saavedra, Cronista de los Sucesos de la Nación, si me fuere permitido tal título.
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