Como bien cuenta la serie El Ministerio del Tiempo, por mediación de un buen amigo, me paso por allí de vez en cuando y charlo un rato con Miguel de Cervantes. Sigue en plena forma y escribiendo. Esto me cuenta y escribe en su última crónica.
En estos Días de Deciembre, Año de la Gracia de 2025.
¡Oh, Lector Benévolo, que te detienes a leer estas mal compuestas líneas! Sabed que en estos tiempos de mengua y tribulación, no es ya la lanza ni la hechicería lo que turba la paz de los buenos vasallos, sino una nueva especie de afán y codicia que, cual hidra de mil cabezas, se apodera hasta de aquello que más preciado y menester es para el común del vulgo: la salud del cuerpo y el alivio del dolor.
Tornámonos a los palacios del poder, donde los que gobiernan, gentes del partido que llaman Popular, con ánimo más de mercader que de prójimo, andan en tratos y trajines para trocar los hospitales, que por derecho y limosna son del pueblo y para el pueblo, en un negocio de la ganancia privada. ¡Gran desatino, a fe mía, y mayor tropelía!
Se cuenta por villas y cortes, y así lo pregonan los papeles y los corifeos de la oposición, que las administraciones regidas por estos señores, mormente en la vieja Castilla y en el solar de Galicia, usan de ardides y malos modos para derivar al enfermo y el parné que por él se paga a las boticas y hospitales que son de gentes particulares. Y no solo eso, sino que se alarga la espera para ser atendido y curado, de suerte que el desdichado, por no penar, se vea forzado a pagar de su bolsa lo que debiera ser regalo de la Corona.
Ved, por vuestra vida, el escándalo que ha saltado a la palestra por causa de una empresa, de esas que llaman Ribera Salud, y la charla oculta de su principal patrón. Dícese que este hombre, más amigo de sus dineros que de la salud ajena, alentaba a sus subalternos a alargar las listas de las esperas para cirugías y remedios, no para mejor atinar en la cura, sino para hinchar el zurrón del beneficio con gran desvergüenza y poco cristiano modo. ¡Parece mentira, pero es verdad! La enfermedad del pobre, trocada en moneda para el rico.
Claman, con justicia y gran brío, las llamadas Mareas Blancas, gentes de bien y ánimo templado, que no se juega con la dolencia del hombre humilde, y que el Artículo Cuarenta y Tres de la Sacra Constitución no fue escrito para el lucro de unos pocos, sino para el bien general. Y es que, ¿qué es de un Reino si su gente no tiene quien la cure y atienda sin pedirle doblones y reales?
Este afán de privatizar los hospitales, de mudar lo público en particular, es un desasosiego para el alma y una ofensa al sentido común. Se prometía, al principio de esta aventura, que sería el método más eficiente y de menor coste, pero la verdad, como el aceite, siempre sobrenada: se gasta más, se atiende peor, y el que gana es siempre el mismo caballero, a costa del dolor de su prójimo.
Así anda España, Lector, con el alma en vilo y el cuerpo a expensas de si el cirujano es honrado o si el dueño del hospital solo piensa en llenar su bolsillo. ¡Que Dios nos ampare de tanta desventura y nos dé gobernantes que miren más por la salud de sus súbditos que por el brillo de las monedas de oro.
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